Por Adriana Baravalle, directora del Laboratorio de Tecnologías Exponenciales de la Universidad Austral
Cada día enviamos mensajes, hacemos transferencias bancarias, compartimos documentos en la nube y realizamos trámites que dependen de una promesa invisible: que nuestros datos están protegidos.
Esa protección se apoya en sistemas de cifrado que funcionan como cerraduras digitales. Hoy son extremadamente seguras. Pero existe una pregunta que comienza a preocupar a gobiernos, empresas y especialistas de todo el mundo: ¿qué ocurrirá cuando aparezcan computadoras capaces de abrir esas cerraduras en cuestión de minutos?
Esa es una de las grandes inquietudes que plantea el avance de la computación cuántica, una tecnología que busca aprovechar fenómenos de la física cuántica para resolver ciertos problemas mucho más rápido que las computadoras actuales.
Aunque suele presentarse como una innovación del futuro, sus implicancias ya comenzaron a influir en las decisiones que organizaciones y Estados deben tomar hoy.
La razón es sencilla. Buena parte de la seguridad digital que protege nuestras comunicaciones, operaciones financieras e infraestructuras críticas fue diseñada bajo el supuesto de que determinadas claves matemáticas son prácticamente imposibles de descifrar. Las computadoras cuánticas podrían cambiar esa ecuación.
Por eso los especialistas hablan cada vez más de una estrategia conocida como «capturar hoy, descifrar mañana». Consiste en almacenar información cifrada en el presente para intentar leerla dentro de algunos años, cuando la capacidad de procesamiento cuántico sea suficiente para romper las protecciones actuales.
Puede parecer una amenaza lejana. Sin embargo, para información sensible que debe permanecer protegida durante décadas —datos gubernamentales, investigaciones científicas, propiedad intelectual o información estratégica— el problema ya existe.
Para América Latina, además, el desafío tiene una dimensión adicional. La región depende en gran medida de tecnologías, infraestructuras y estándares desarrollados por otros países. Esto significa que la transición hacia nuevos modelos de protección digital no es solamente una cuestión técnica: también involucra la capacidad de resguardar activos estratégicos y reducir dependencias críticas.
A la vez, la computación cuántica avanza junto con otras transformaciones tecnológicas. La inteligencia artificial ya está modificando la forma en que se detectan amenazas, se automatizan procesos y se toman decisiones. Pero las mismas herramientas que fortalecen la seguridad también pueden ser utilizadas para desarrollar ataques más sofisticados y difíciles de identificar.
Frente a este escenario, la respuesta no pasa únicamente por incorporar nuevas tecnologías. Las experiencias internacionales muestran que la verdadera ventaja está en la capacidad de conectar conocimiento, talento y capacidades entre universidades, empresas y organismos públicos.
Las amenazas que vienen exigen algo más que innovación tecnológica: requieren anticipación.
Por eso resulta fundamental construir espacios de colaboración donde investigadores, especialistas en seguridad, compañías y responsables de políticas públicas puedan trabajar juntos antes de que los problemas se conviertan en crisis.
Desde la universidad tenemos una responsabilidad especial en este proceso. No solo formar profesionales preparados para comprender estos cambios, sino también generar conocimiento que ayude a interpretar escenarios complejos y a transformar la incertidumbre en preparación.
La computación cuántica todavía parece un tema reservado para especialistas. Sin embargo, las decisiones que tomemos hoy determinarán qué tan seguros estaremos mañana. Y ese futuro, aunque todavía no lo percibamos, ya empezó.