Cada cuatro años ocurre algo difícil de explicar, pero fácil de reconocer: sin que nadie lo organice demasiado, la familia aparece. Alguien acomoda las sillas frente al televisor, otro trae algo para compartir, los mensajes empiezan a circular entre hermanos y primos, los más pequeños preguntan quién juega y los abuelos recuerdan algún Mundial pasado. Y de pronto, casi sin aviso, están todos juntos. Presentes de verdad.