Hacia una cultura del cuidado: sociedades más humanas, sostenibles y solidarias
Los días 29 y 30 de septiembre tuvo lugar el X Congreso Internacional de las Relaciones Interpersonales, organizado por el Centro para el Estudio de las Relaciones Interpersonales (CERI) del Instituto de Ciencias para la Familia de la Universidad Austral.
En su décima edición, el Congreso puso en el centro de la conversación al cuidado, abordado desde una perspectiva amplia e interdisciplinaria y como una dimensión fundamental para la construcción de sociedades más humanas, sostenibles y solidarias.
El encuentro reunió a 30 disertantes nacionales y 8 internacionales, y contó con 20 paneles, 13 mesas de ponencias y espacios de conversación, organizados en torno a distintos ejes temáticos: ética y derechos, políticas públicas y gobernanza medioambiental; trabajo, economía y empresa; educación y cultura, y familia, relaciones interpersonales y salud integral. Más de 120 participantes asistieron presencialmente en el Auditorio del Edificio Olivo, a los que se sumaron numerosos participantes conectados de manera remota.
Cuidado, vulnerabilidad, compasión, empatía y ternura fueron algunos de los conceptos que atravesaron las distintas instancias del Congreso. Lejos de aparecer como nociones aisladas, se fueron articulando a lo largo de las jornadas como distintas formas de pensar una misma pregunta: qué significa reconocer al otro, hacerse cargo de su fragilidad y construir vínculos e instituciones capaces de sostener la vida humana.
La apertura estuvo a cargo de Dolores Vicente, decana del Instituto de Ciencias para la Familia, quien trazó los postulados e invitó a vivir las jornadas “como un espacio para pensar juntos, para dialogar desde nuestras distintas disciplinas, pero también para asumir compromisos concretos”. Y concluyó con una invitación que sintetizó el espíritu del encuentro: “Construyamos, entre todos, una sociedad para todas las personas de todas las edades”.
A continuación, Julián Rodríguez, rector de la Universidad Austral, retomó las palabras de León XIV en Magnifica Humanitas: “el ser humano no florece a pesar del límite, sino a menudo a través del límite”. La referencia permitió introducir uno de los hilos centrales del Congreso: la vulnerabilidad no como una excepción que afecta solo a algunos, sino como una dimensión constitutiva de la condición humana.
La conferencia magistral de apertura, “El cuidado en la familia: base para el desarrollo socioemocional”, estuvo a cargo de Gustavo Carlo, profesor e investigador de la Universidad de California, e investigador colaborador del ICF. Su exposición puso el foco en la crianza para la prosocialidad. También destacó el peso que adquieren en América Latina valores culturales como el familismo, que contribuyen a desarrollar en niños y jóvenes una identidad moral orientada hacia los demás y a prevenir comportamientos antisociales.
Durante la primera jornada se desarrolló también la conferencia “El cuidado en la Universidad. Acompañamiento integral frente a distintas vulnerabilidades en jóvenes”, a cargo de Luis Fernando Roldán de la Tejera, de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP), México. Su intervención permitió ampliar la conversación hacia el ámbito universitario y pensar el acompañamiento como una dimensión central de la experiencia educativa. La universidad apareció así no solo como un espacio de formación académica, sino también como una comunidad que puede reconocer situaciones de vulnerabilidad, generar redes de apoyo y acompañar integralmente las trayectorias de sus estudiantes.
La segunda jornada continuó profundizando las distintas dimensiones del cuidado a través de paneles, conversatorios y encuentros con especialistas. Entre las actividades destacadas tuvo lugar la presentación del libro Date tiempo, de Alfredo Marcos, de la Universidad de Valladolid, España, así como una conversación en torno al documental Hay una puerta ahí, en la que Matías Najún dialogó con Enric Benito, referente de la Sociedad Española de Cuidados Paliativos.
En estos espacios cobró especial relevancia otra de las nociones que recorrió el encuentro: la ternura. No entendida como sentimentalismo, sino como una forma de proximidad y reconocimiento particularmente significativa allí donde la fragilidad humana se vuelve más visible. En contextos de enfermedad, dependencia, envejecimiento o final de la vida, la ternura fue presentada como una disposición capaz de humanizar el vínculo, respetar la dignidad del otro y evitar que las personas sean reducidas a una condición, un diagnóstico o una necesidad.
La programación incluyó asimismo dos nuevas conferencias. Mariano Asla presentó “El cuidar que nos hizo y hace ser humanos”, proponiendo una reflexión sobre el cuidado como dimensión constitutiva de nuestra humanidad. Por su parte, María José Murcia, del IAE Business School, abordó en “El tejido invisible de la sostenibilidad: una mirada relacional sobre organizaciones y sociedad” el papel de los vínculos y las relaciones en la construcción de organizaciones y comunidades sostenibles.
Esta mirada permitió extender la noción de cuidado más allá del ámbito privado. Las organizaciones, las universidades, las empresas y las instituciones sociales también construyen —o dificultan— condiciones de cuidado. Desde esta perspectiva, la sostenibilidad no se reduce a una cuestión ambiental o económica: incluye también la calidad de los vínculos, la capacidad de sostener relaciones de confianza y la creación de entornos en los que las personas puedan desarrollarse sin quedar invisibilizadas.
El encuentro concluyó con las palabras de Juan Bautista Etcheverry, vicerrector de Investigación de la Universidad Austral, y con un espacio de conclusiones y proyecciones a cargo de Paola Delbosco, Manuel Rocca Rivarola y Fernando Toller, de la Universidad Austral.
Después de diez ediciones, el Congreso Internacional de las Relaciones Interpersonales volvió así a constituirse en un espacio de intercambio académico y diálogo interdisciplinario. En esta oportunidad, la conversación dejó una idea especialmente clara: construir una cultura del cuidado supone reconocer nuestra vulnerabilidad, cultivar la empatía y la compasión, recuperar el valor de la ternura y traducir estas disposiciones en prácticas concretas, tanto en los vínculos cotidianos como en las instituciones y en la vida social. Desde allí, el cuidado deja de ser una tarea circunstancial para convertirse en una condición de posibilidad de sociedades más humanas, sostenibles y solidarias.