El empresario argentino bajo la lupa. Por Máximo Reina y Juan Pablo Cannata

Cada época tiene su género de moda y sus actores en boga. Desde el inicio del gobierno del presidente Mauricio Macri, el discurso público se regó con declaraciones ligadas a las posibilidades del crecimiento empresarial, promover los emprendedores, las inversiones extranjeras e implementar una meritocracia administrativa. Este clima, favorable al reverdecer empresarial, inundó las reuniones del sector privado durante el último año. ¿Pero cómo fue recibido este discurso público en un círculo social más amplio? ¿Cuál es la opinión de la sociedad argentina sobre el sector privado y los empresarios?

Desde el CECAP (Centro de Estudios en Comunicación Aplicada) de la Universidad Austral fuimos a la búsqueda de esas respuestas y realizamos una amplia investigación (https://goo.gl/Q2K8M1), cualitativa y cuantitativa, que pone en duda el retrato habitual que tienen las empresas y los empresarios de si mismos.

Los resultados desafían el contexto optimista. Uno de los rasgos más destacados de la investigación es una imagen negativa sostenida, tanto en el sector privado en general, como de los empresarios en particular. ¿Cuál puede ser la fuente de esa desconfianza hacia los empresarios? Hay tres fuentes que nutren esta imagen; los estereotipos, los fines sociales y la historia del país.

Los estereotipos condicionan la fantasía del mundo privado. En la población que estudiamos, la imagen del empresario está atada a una suerte de “businessman de Wall Street” más que al dueño de una fábrica en Avellaneda. Cuando se dice “empresarios”, la imagen que se evoca es la de una empresa multinacional,  grande y eficientista. “Corporaciones” dirían los más críticos, reforzando ese marco. El cuadro final evoca organizaciones impersonales, calculadoras, enfocadas en la ganancia antes que en el bienestar de los trabajadores.

El resultado puede sonar paradójico, teniendo en cuenta que la mayoría del trabajo privado en Argentina está generado por PyMES y, estas percepciones, tienen amplia distancia con la realidad de una empresa de servicios de Capital, una  agropecuaria del interior o un industrial del Gran Buenos Aires. Aunque los resultados son muy claros, la imagen del sector privado se construye según los perfiles de un grupo minoritario pero de alta exposición pública.

La otra fuente de desconfianza pone cara a cara al Estado con el Mercado. El Estado, aún asociado a una baja eficiencia y baja laboriosidad, mantiene una buena reputación pública y continúa siendo el último garante de cierta solidaridad pública. Su finalidad es loable, no está basada en el lucro sino en el interés público. En cambio, la percepción general es que las metas empresarias son fines individualistas. Las rasgos positivos de un empresario como desarrollador de trabajo, un generador de valor social o un pagador de impuestos son inexistentes.  Al empresario se lo percibe por lo que gana, no por lo que aporta; por lo que privatiza para su goce privado, no por lo que socializa al conjunto.

La última fuente de rechazo tiene una raíz histórica y se relaciona con el desapego del empresario frente a las crisis económicas del país. Aquí emerge la idea de que el empresario es un actor que salta del barco en cuanto ve una filtración. “Acá, ante el primer problema, la empresa te abandona”, nos relataba un entrevistado. Y en ese contexto es donde vuelve a aparecer el Estado como contrafigura del privado. Ante las crisis recurrentes del país, el Estado es el refugio que da cobijo.

Con este imaginario en mente, ¿quién podría pensar que convertirse en un empresario en Argentina sea un modelo aspiracional?

Solo unos pocos. El único modelo que rompe esta frialdad con el privado es “el cuentapropista”, acaso el único héroe aspiracional de la investigación, una suerte de llanero solitario de la economía. En él se concentra la idealización del trabajo libre, la ganancia fruto del esfuerzo y la búsqueda de metas personales. Prácticamente un estado idílico de libertad. Pero cuidado con el lenguaje de época, cuentapropista no es lo mismo que emprendedor. Entonces, ¿Por qué no tenemos una migración hacia la independencia? La independencia también representa riesgos e incertidumbres porque activa el marco de inestabilidad y desconfianza sobre la situación general del país. Ser independiente es un meta deseable de muchos, pero un salto al vacío para otros tantos.

El panorama parece gris pero las representaciones sociales que están reflejadas en el estudio no son posiciones naturales, sino visiones construidas. Esas miradas contrastantes, hoy están entrando en pugna. Cuando un nuevo consenso social busca emerger, cada segmento se aferra a sus zonas de confianza, refuerza sus estereotipos y da vida a sus posiciones. Redefinir el lugar que puede ocupar cada sector en el futuro del país es más que una operación económica o política. El primer paso para cambiar es entender y para entender hay que seguir investigando.

Los autores son investigadores del CECAP de la Escuela de Posgrado en Comunicación de la Universidad Austral.

Publicado el 27 de diciembre de 2017 en ACDE EMPRESA. Puede verse el artículo original aquí

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