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Primero el amor, después la técnica

22.06.2026

Autor: Facultad de Comunicación (FC)

7 minutos de lectura

Barcelona. Una torre de 172,5 metros. Una frase en el cielo.

“Primero el amor, después la técnica”.

Sincronizados, cientos de drones proyectaron unas letras y las letras, un mensaje. Un mensaje que expresa el interior del gran arquitecto, Antoni Gaudí. Un mensaje que se hizo piedra, luz, vida, en la Sagrada Familia.

“Primero el amor, después la técnica”.

¿Qué hace valiosa una acción de comunicación, una activación de marketing, un proyecto de diseño? ¿Qué le da valor al trabajo de marketineros, diseñadores, comunicadores? En tiempos de IA, ¿cuál es su aporte más genuino?

 

Ecocardiograma

En la línea horizontal de Barcelona corre la ciudad. Corre continua en el horizonte. De repente, como en un ecocardiograma, irrumpe la Basílica en el eje vertical, dando un vuelco al corazón, como dando vida. Mueve, perturba la línea estática de la vida diaria para abrirla a lo trascendente, al cielo. Y a ese otro Cielo. Corta con su torre más alta el aire hasta llegar al no tiempo, a la eternidad. A la permanencia.

Mirando la Sagrada Familia, escribió una vez el profesor Tristán Rodríguez Loredo, pasmado ante el edificio: “Las obras fruto del talento y la pasión de una persona perduran en el tiempo precisamente porque llevan en sí mismas el anhelo de la trascendencia: no sólo del círculo más próximo, sino también en el tiempo y el espacio con otras personas para que puedan volver a conmoverse con lo que el autor volcó allí”.

El autor y la obra. La obra y el autor.

En palabras del profesor Damián Fernández Pedemonte, el comunicador “queda implicado en su obra, cosa que no sucede cuando delega completamente su tarea de investigar, escribir o diseñar en la IA”.

Podríamos decir que lo esencial, lo que toca lo más íntimo del otro, no es la técnica; es, acaso, un corazón que se mueve —comparte sus pulsaciones— para que otro se conmueva… y viva.

Piiip… Piiip… Piiip…

“Como el artista, el comunicador produce algo que es bello, bueno, verdadero en la medida en que refleja la personal búsqueda de enriquecimiento interior”, dirá el Doctor en Letras.

Uno que se da. Otro que lo recibe.

Y es precisamente —comenta Tristán— el reconocimiento de la hazaña de un otro lo que deslumbra: “La admiración en estos casos también puede ir más allá de la comprensión de una proeza científica para rendirse generalmente frente a virtudes tan humanas como conmovedoras”.

 

Nosotros, los transeúntes de todos los siglos, detenemos el paso, levantamos la cabeza y vemos con los ojos achinados ese infinito que se abre en la rutina, ese eje horizontal que se corta con la cuchilla de la belleza para abrir paso al eje vertical.

 

El tiempo de la Belleza

Gaudí, en su manejo excelso de la técnica, integró formas orgánicas, naturaleza, luz, en una estructura que ya está catalogada como la iglesia más alta del mundo. Una belleza.

De manera análoga, aparece entre líneas la pregunta por el sentido de un comunicador, un diseñador, un marketer. ¿Es su capacidad de atraer con la belleza, una belleza que trasciende y lleva a las grandes preguntas?

Zoom in.

El profesor Manuel De Elía explica el status quo filosófico de nuestra época: “Una generación atrás nos movíamos por la Verdad. Media generación después, por el Bien. Ahora es el tiempo de la Belleza».

Y un doble clic.

«La Verdad sin Belleza (no existe) sería ciega. El Bien sin Belleza (no existe) sería paralítico. Con ella, la Verdad y el Bien nos invitan a bailar juntos, sabiendo a dónde nos lleva”.

 

Primero el amor, después la IA

Tiempos de IA. Autoría de palabras, difuminada. Tiempo de aprendizaje.

Citando al profesor Carlos Álvarez Teijeiro: “Primero el amor, después la IA porque, como revela a Frodo en El señor de los anillos el rey de los elfos a propósito del secreto de confección de sus capas repletas de tantas propiedades mágicas, ‘en todo lo que hacemos ponemos el amor de todo lo que amamos’, en TODO, comunicación, diseño o marketing. Y eso sí es magIA”.

Quizás es tiempo de encontrar cómo plasmar el interior de uno; poner ahí la propia impronta, para hacer del trabajo, arte. Arte para otros, que lo llene de sentido.

Porque el riesgo de depositar completamente la elección de nuestras palabras y silencios a un algoritmo está al alcance de pocos clics. Expresaríamos un poco menos nuestros amores, ese interior nuestro que busca salir para conectar con otro (un guiño al cantante uruguayo contemporáneo Jorge Drexler: “¿Hay alguien AI?”) si anuláramos nuestro propio pensamiento que sale en forma de lenguaje.

 

Nuestro aporte genuino

Tal vez es momento de encontrar nuestro propósito profesional, el quid insustituible que trasciende la técnica.

¿La técnica? Primero, definamos. En palabras de la profesora y Dra. Gabriela Fabbro: “Es un conjunto de herramientas, métodos o habilidades necesarios para realizar bien una tarea, pero por sí sola no alcanza”. Y, continúa: “Siempre habrá otro que sabrá manejarla mejor que uno. Pero sólo nosotros sabremos qué técnica pedir para contar de la mejor manera nuestras historias”.

Aparece entonces el amor, como factor humanizante de la acción profesional. “El amor aporta la motivación, la orientación ética y la sensibilidad necesarias para que el saber técnico no se reduzca a una mera ejecución mecánica”. Es no solo el packaging, sino la génesis, el punto de partida.

Amor y técnica. Técnica y amor. Un vínculo que sintetiza así la Dra. Fabbro: “El amor no sustituye a la técnica, sino que la precede, la fundamenta y le da un propósito verdaderamente humano”.

Un corazón que se mueve. Otro que se conmueve.

 

Nuestra misión

Un modo de pensar humano y profesional —conocimiento aplicado— del ser humano no se improvisa, no se consigue en los quioscos ni en Mercado Libre.

Es la Facultad el ámbito ideal para que los profesionales aprendan a desarrollar habilidades técnicas para aterrizar ideas, sí.

Pero, más aún, es el espacio temporal idóneo para despertarse, para volerse capaces de moverse a sí para conmover a otros. Cambiar el rumbo de sus vidas… y de la sociedad.

Como Gaudí hace 100 años.

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