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El poder del diseño

04.08.2026

Autor: Escuela de Posgrados en Comunicación

¿Un actor fundamental para incidir en la mejora de una organización, un negocio, una ciudad o una política pública? El diseño. 

«Tiene que estar en los espacios donde se toman las decisiones que transforman la realidad”, responde Analía Cervini, para quien el gran desafío de la disciplina ya no pasa por crear productos o servicios, sino por estar en dónde se definen los futuros posibles. 

Diseñadora industrial, doctora en Diseño, referente del diseño estratégico en América Latina y autora de trece libros, Cervini es profesora de la FC en la materia Diseño y Territorio y dirige el programa Innovación Abierta liderada por el Diseño de la EPC Austral. En su último libro, El diseño de sentido, reúne la experiencia que le dieron más de dos décadas de trabajo con empresas, gobiernos, instituciones y territorios. 

En esta entrevista, nos invita a poner el foco en el lugar del diseño en la toma de decisiones, la necesidad de formar profesionales capaces de liderar procesos de cambio y el papel fundamental que puede desempeñar la disciplina en un contexto de innovación. 

 

¿Por qué es importante que el diseño ocupe un lugar en la mesa de decisiones? 

— Lo veo urgente y necesario. Es una inquietud que acompaña al diseño prácticamente desde sus orígenes. La disciplina nació como respuesta a los problemas que trajo la Revolución Industrial: nuevas formas de producción, desigualdad social, malas condiciones laborales y una transformación profunda de la manera de vivir. En ese contexto, artistas, intelectuales y proyectistas empezaron a cuestionar la realidad. Pero el diseño tuvo una particularidad: además de hacer una crítica social, siempre propone una alternativaEsa capacidad proyectual es constitutiva de la disciplinaEl diseño no sólo señala un problema: imagina cómo podría ser distinto. 

Por eso digo que el diseño tiene una deuda pendiente con los espacios donde se toman decisiones. Siempre quiso participar de la transformación, pero los sistemas de poder son complejos y muchas veces la disciplina no entendió cómo ingresar a esas conversaciones. También influye que el diseño suele asociarse a lo visual o lo estético, cuando en realidad interviene sobre sistemas mucho más complejos. Si miro una taza puedo describir su forma o su color, pero también hablar de una empresa que emplea a cientos de personas, de la cadena productiva, certificaciones ambientales, impacto económico o desarrollo territorial. El diseño participa en todas esas decisiones. 

John Thackara, quien fue profesor mío en Italia, estudió que las decisiones de diseño influyen más de un 70% en el impacto de circularidad que tiene un producto. Es un montón. Si quienes toman esas decisiones no participan de los espacios estratégicos, existe un desfasaje entre el potencial que el diseño podría aportar. 

 

«El diseño necesita ocupar los espacios donde se decide cómo transformar la realidad».

 

¿Qué recomendación le darías a quienes se están formando en diseño? 

— Durante mucho tiempo, los profesionales se formaron sin saber que podían ser agentes de cambio. Tienen que ser emprendedores, es clave para generar cosas desde tu lugar profesional. Nadie les va a pedir que ocupen ese lugar: van a tener que proponerlo, construirlo y sostenerlo. Diseñar también implica emprender proyectos de transformación. Pero primero está el problema de no saber que ese espacio existe; después, no sentirse habilitado para ocuparlo; y finalmente, no contar con las herramientas para hacerlo. 

Aprendí mucho de esto cuando trabajé en Philips Design, en Holanda. Stefano Marzano, que dirigía el área global de diseño, entendió que no alcanzaba con hacer buenos proyectos: había que hablar el lenguaje corporativo, llevar evidencia, construir argumentos y sentarse en la mesa junto al resto de las áreas. Nadie va a hacer el esfuerzo de entender al diseño si el diseño no aprende también a dialogar con las demás áreas. Hoy se necesitan profesionales capaces de comprender la complejidad y liderar procesos de cambio, y el diseño tiene muchísimo para aportar. Pero ese lugar no está garantizado: puede pasarnos por el costado y no subirnos. 

 

En El diseño de sentido sostenés que innovar es construir sentido, ¿qué implica eso para quienes diseñan? 

— Una de las constantes de mi trabajo es que no existen recetas. No hay metodologías que puedan copiarse de un proyecto a otro. Hay una base común, como un alfabeto, pero cada proyecto necesita construir sus propios instrumentos porque siempre está situado en un contexto particular. Eso es justamente diseñar. 

Después de veinticinco años investigando diseño estratégico e innovación, sentí la necesidad de volver a una pregunta más esencial. El diseño de sentido intenta responder qué hacemos realmente cuando diseñamos. Hoy las organizaciones enfrentan problemas que ya no tienen soluciones evidentes. No sabés si la respuesta será una aplicación, una institución, un cambio cultural o un nuevo servicio. Por eso el sentido se vuelve una herramienta fundamental. 

Hablo de sentido en sus dos acepciones. Por un lado, como dirección: hacia dónde queremos ir. Cada decisión orienta un futuro posible; ninguna decisión es neutra. Por otro, como aquello que consideramos valioso. En un mundo lleno de información y posibilidades, diseñar también implica elegir qué recortamos de esa realidad, qué queremos preservar y proyectar. 

Diseñar sentido exige reflexión, lectura crítica y capacidad de decidir. Elegir un material, un proyecto o una estrategia siempre produce consecuencias. Por eso el diseño no puede limitarse a resolver problemas técnicos: también debe preguntarse qué futuro quiere construir. 

 

«Se necesitan profesionales capaces de liderar procesos de cambio. El diseño tiene muchísimo para aportar».

 

¿Cómo cambió tu manera de entender el diseño tras 25 años de trayectoria? 

— Fue un aprendizaje construido desde la práctica. Muchas de las cosas que hoy considero centrales no las aprendí en la universidad, sino enfrentando proyectos de innovación. Al principio uno vive los obstáculos como algo personal: presentás una propuesta en la que creés profundamente y aparecen resistencias. Después entendés que el cambio siempre genera tensiones. Es lógico, porque cuando introducís un elemento de cambio, todo el sistema se mueve. 

Con el tiempo entendí que esa complejidad forma parte del trabajo. La innovación ocurre en espacios donde todavía no existe consenso. Eso obliga a revisar permanentemente qué estás haciendo, por qué lo haces, generar nuevos instrumentos y seguir aprendiendo. 

Creo que el diseño necesita hablar mucho más de eso. Después cada profesional elegirá su camino: trabajar en una empresa, emprender, dedicarse a la política pública o desarrollar un oficio. Pero es importante comprender que diseñar también implica gestionar conflictos, negociar, construir acuerdos y liderar transformaciones. 

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