Hay elogios que solo pueden escribirse a contramano de la época y este es uno de ellos. A la altura del primer cuarto del siglo XXI, la hiperdesconexión merece ser elogiada como un medio, o un instrumento, no solo de supervivencia existencial –física, psicológica, emocional, social y espiritual–, sino también de resistencia clandestina, clandestina en la medida en que nadie espera –o todos desean mortalmente anhelantes– nuestra permanencia en el mundo de la plena conectividad: wired, no wireless.