No dejamos ni por un instante de leer el mundo y a los demás. Alberto Manguel lo mostró en Una historia de la lectura al señalar que, antes que descifradores de libros, somos lectores de rostros, de gestos, de cielos, de huellas: leer es nuestro modo primero de habitar la realidad, y toda lectura, como enseñó Roger Chartier, no recibe un sentido ya dado, sino que lo produce. Así, de algún modo, leer es siempre, para bien o para mal, una práctica creadora. Pero no toda lectura es igual a otra. Hay una lectura apropiativa, posesiva, dominadora desde el que lee, y esclavizante desde el que es leído sin el concurso de su libertad; y hay una lectura contemplativa, de una contemplación que invita al respeto y al cuidado. Entre una y otra se juega, quizá, el destino moral de nuestra época.