Habitamos tiempos increíblemente extraños: nunca fuimos tan visibles y, simultáneamente, nunca estuvimos tan profundamente ocultos. De hecho, vivimos bajo un imperativo régimen ético de la invisibilidad donde todo lo corpóreo debe ser convertido en dato, toda expresión emocional en mero algoritmo y todo gesto en emoji, suprimiendo de ese modo aquello que constituye el principio mismo de la ética. Ciertamente, como afirmaba Umberto Eco, “la ética comienza cuando comparecen los otros”. Pero ¿qué ocurre cuando los otros ya no comparecen, cuando su presencia real se ha disuelto en las pantallas, cuando el rostro ha sido reemplazado eficazmente por su simulacro digital?