Desde Londres, conversamos con Heidi Jalkh, profesora de Hacer Diseño 1 y Diseño y Sistemas, diseñadora experimental, doctora por la Humboldt-Universität zu Berlin, cuya práctica se sitúa en la intersección entre materiales biofabricados, investigación interdisciplinaria y procesos basados en los oficios.
Lidera el grupo Sistemas Materiales y actualmente participa de una residencia artística en Delfina Foundation, dentro del programa Making and Materiality, que reúne a artistas internacionales para investigar los cruces entre prácticas contemporáneas del hacer.
Su trabajo explora cómo el conocimiento emerge a través del hacer, la experimentación y el comportamiento material.
“Siempre estoy en los bordes. Estudié diseño industrial, doy clases, hago investigación, pero nunca estoy completamente dentro de un solo campo. Estoy en una interfaz entre arte, diseño y ciencia”.
Ese posicionamiento define proyectos como Interacciones Materiales, la muestra que presentó junto a Nadya Suvorova en ArtLab, donde esculturas cinéticas desarrolladas con biomateriales, sistemas fúngicos y dispositivos electrónicos exploran la materia como un agente activo. Las piezas (más cercanas a organismos que a máquinas) reaccionan a la proximidad, el tiempo y la interacción, activándose con la presencia del público y desdibujando el límite entre objeto y organismo.
Más que una obra puntual, funciona como una síntesis de su práctica: una forma de diseñar que cuestiona límites, roles y metodologías.
—Interacciones Materiales propone una “nueva especie de diseño”. ¿Cómo entendés esa idea dentro de tu práctica?
—Es más bien una provocación para pensar otras posibilidades y otros modos de operar desde el diseño. En mi caso tiene que ver con una práctica mucho más interdisciplinaria, grupal y cooperativa, no solamente entre las personas que trabajan en el proyecto, sino también en relación con los materiales. Hay algo de correrse de esa lógica donde uno diseña y el material responde, para empezar a pensar en un vínculo más horizontal.
Me interesa la idea de acercarme a los materiales desde un lugar experiencial. Que el interés no venga tanto desde lo teórico o desde la explicación, sino desde el encuentro directo, desde lo que te pasa en ese momento. Es una reacción genuina, algo que ocurre ahí, y que después puede llevarte a profundizar, pero no necesariamente parte de ahí.
—¿Qué tipo de experiencia buscaban activar con la muestra?
—Busco moverme de los lugares tradicionales donde se muestra el arte o el diseño. En el caso de la muestra en ArtLab, mucha gente no iba específicamente a ver la exposición, sino que iba por otra cosa y se encontraba con eso. Eso genera un vínculo distinto, más directo, menos mediado.
La forma de presentar el trabajo era parte de ese corrimiento: había un desarrollo muy técnico, de diseño industrial, pero con materiales cuya funcionalidad no estaba dada en términos clásicos. No eran objetos utilitarios, sino que la funcionalidad era más simbólica, tenía que ver con la experiencia y con el vínculo con la materia.
El espacio permitía amplificar esas capacidades: la escala, la instalación audiovisual, la interacción. Incluso desarrollamos un dispositivo que funcionaba como un “oráculo de materiales”, como un mediador entre vos y lo que estaba sucediendo ahí.
Es un proyecto con muchas capas: hay diseño, pero también sonido, interacción, una dimensión digital, comportamiento material. Entonces aparece esa pregunta de qué es exactamente. Y esa dificultad para encasillarlo es parte del proyecto, su valor está justamente en esa mezcla.
—¿Cómo es el proceso de llevar un proyecto desde la idea a la materialización?
—Hay una intención inicial bastante clara, pero entre la idea y lo que termina sucediendo hay un trecho muy grande. Es algo que trabajo mucho con estudiantes: una misma idea se puede materializar de muchas maneras distintas.
En el caso de Interacciones Materiales, el proceso fue muy rico y procesual. Fue creciendo a medida que íbamos haciendo las cosas. Algunas decisiones estaban desde el inicio, pero muchas otras fueron apareciendo en el camino.
También fue clave el vínculo con la industria. Trabajamos con talleres y procesos más bien metalúrgicos —corte láser, plegado, repujado— que no necesariamente están pensados para este tipo de objetos. Y ahí aparecía un contraste interesante: procesos duros, industriales, con resultados que después tenían una cualidad más blanda, más orgánica. Ese lugar difuso es algo que me interesa mucho habitar.
—¿Sentís que el diseño está cambiando hacia formas más experimentales?
—Sí, por lo menos en mi experiencia hay más apertura a lo experimental, tanto desde el diseño como desde la industria. Antes muchas veces la respuesta era que algo no se podía hacer; ahora hay más disposición a probar, a ensayar, a ver qué pasa.
También hay un cuestionamiento de la práctica en sí misma. Y en ese cuestionamiento empiezan a aparecer formas alternativas que conviven con lo tradicional. Los procesos en el fondo siguen siendo los mismos, pero las manifestaciones cambian.
En estos trabajos no hay una lógica transaccional: no están pensados como objetos para vender ni encajan del todo en el arte. Funcionan más como dispositivos de comunicación o como formas de pensar otras posibilidades. Y eso, para mí, es lo más importante: poder proyectar otras maneras de hacer y de pensar el mundo.
—¿Qué te interesa del cruce entre materiales, comportamiento y lo vivo?
—Fue interesante trabajar con sistemas que ya tienen una lógica propia, incluso vida o crecimiento, y ver cómo interactuar con eso. En algunos casos usamos electrónica para activar o mediar esos comportamientos, pero no los generamos desde cero.
Por ejemplo, hay piezas donde hay organismos que siguen creciendo incluso después de la muestra. Eso hace que la experimentación se acerque a algo más parecido a un experimento científico, pero en un contexto distinto, donde ese tipo de interacción no tendría sentido en un laboratorio tradicional.
—¿Qué reflexión personal hacés sobre tu recorrido?
—Me di cuenta de que vengo haciendo muchas cosas una atrás de la otra, guiada por lo que me interesa o me apasiona, pero sin frenar a pensar qué significa todo eso en conjunto. Ahora empiezo a mirar hacia atrás y a reconocer que hay una práctica que se fue construyendo durante muchos años. Y estoy tratando de entender de qué se trata, de darle un marco.
Siempre estoy en los bordes. Estudié diseño industrial, doy clases, hago investigación, pero nunca estoy completamente dentro de un solo campo. Estoy en una interfaz entre arte, diseño y ciencia. Eso es incómodo, porque no terminás de pertenecer a ningún lugar, pero al mismo tiempo es algo que me atrae mucho. Y ahora se vuelve una pregunta bastante existencial: por qué estoy ahí, qué quiero hacer con eso.
—¿Qué te aporta la experiencia en Delfina Foundation?
—Es un espacio muy potente para pensar. Estar en contacto con artistas de distintos países, con prácticas muy diversas, te expone a otras formas de hacer y te interpela mucho, te hace preguntarte desde dónde hacés lo que hacés. También es una experiencia intensa: hay momentos de mucha duda, y otros de entusiasmo. Pero es valioso tener ese tiempo para frenar y pensar.
Eso también impacta en la docencia. Mientras sigo dando clases, trato de transmitir que es posible construir un camino propio, que no necesariamente tenés que quedarte con lo que te dice la carrera. Tiene que ver con entender qué es lo que te mueve, cuál es esa pulsión, y armar un recorrido en función de eso.
A la vez, aparece una dimensión de gestión: muchas veces estos proyectos no tienen espacios de visibilidad o financiamiento, entonces parte de mi trabajo es generar esas condiciones para que puedan existir. Trabajo con un grupo que se llama Sistemas Materiales, con quienes hicimos muestras, un libro, distintas iniciativas. Y muchas veces la pregunta es por qué seguimos haciendo esto si no hay un incentivo económico directo. La respuesta es que es algo que surge, que necesita hacerse: si no generamos esos espacios, no existen. Es una forma de construir el lugar donde queremos que estas prácticas sucedan.