La comunicación política atraviesa una transformación que ya no se limita al debate público, sino que impacta directamente en la vida social. En un análisis publicado en La Nación, Mario Riorda y Patricia Nigro advierten sobre el avance del political sorting, un proceso en el que la identidad partidaria comienza a organizar vínculos, percepciones y formas de convivencia.
En este contexto, Riorda profundiza sobre los efectos de la incivilidad en el debate público y sus implicancias sociales.
—¿Qué efectos tiene la creciente agresividad del debate público en la configuración de los vínculos sociales?
—Hay un efecto macro que se convierte en un problema social de una escala realmente grande, que podríamos llamar de infraestructura social en las relaciones, donde lo que está en juego es la posibilidad de seguir habitando un espacio con respeto mutuo y con reconocimiento del otro como ciudadano legítimo, con un poder de habla legítimo, aunque pensemos distinto o uno crea que el otro está equivocado.
Y esto no es una mera intuición: en preguntas de una escala del uno al cinco sobre cuánto este momento dañó la hostilidad política de las relaciones claves (amistades, familia, trabajo) se muestra un balance claramente negativo; hay sectores que piensan que más del 70% es el daño significativo que hoy se visualiza. Es necesario tomar dimensión de esto: es una especie de desgarro social.
Desde una mirada macro, aparece otro fenómeno: pareciera ser que la solución a la hostilidad es el silencio. Es un patrón que atraviesa casi todas las situaciones, porque el modo en que se sustenta la tolerancia hacia el otro ideológico tiene que ver con dejar de hablar de política o, en todo caso, con hablar solo rodeado de los afines. Es una tregua que funciona hasta que deja de funcionar: cuando la política aparece en la conversación, lo hace para romper y aumentar los niveles de hostilidad.
Por eso, la agresividad del debate, que denominamos incivilidad, se articula con esta idea de clasificación política (political sorting) y termina organizando la convivencia a través de la segregación y el aislamiento, lo que implica una erosión del capital social.
—¿Cómo incide la construcción del “otro” en la disposición a convivir con quienes piensan distinto?
—Desde la perspectiva comunicacional, la construcción del otro como sujeto antagónico se representa en la construcción del adversario más que como enemigo, deshumanizado o directamente negado. Eso implica hacer perder la identidad del otro, negar su condición identitaria y también sus derechos. Se ve en el uso de etiquetas deshumanizantes que circulan en el discurso público, especialmente en el digital, pero también en niveles institucionales. Por otro lado, en etiquetas de extremo ideológico que se utilizan de manera extendida.
La consecuencia es la generación de una clasificación partidista o sociopartidista que va creando condiciones de aislamiento. Cuando el lenguaje construye al otro como una amenaza existencial, la gente no quiere debatir, quiere escapar. Y ahí el silencio no reduce la polarización: en todo caso, la consolida. Hay un estado oculto, relativamente guardado, que en algún momento se activa y genera una catarata de hostilidades que termina rompiendo todo tipo de convivencia.
—¿Qué capacidad tienen la política y los medios para reconfigurar el clima discursivo sin reforzar la confrontación?
—Si hablamos de la capacidad real de los sistemas políticos (a través de sus liderazgos y estructuras partidarias) y de los sistemas de medios, uno podría ser optimista: esa capacidad existe. Pero las condiciones de incentivo van exactamente en sentido contrario.
Si esta manifestación constante de hostilidad, que llamamos incivilidad, se da en contextos de alta polarización, es porque hay evidencia de que obtiene algún tipo de rédito electoral inmediato. La confrontación moviliza, aglutina; el insulto viraliza; y la épica de ‘nosotros contra ellos’ consolida bases de fidelidad muy claras. Por eso, la política hoy se manifiesta (y mucho más en el mundo mediático) de modo tribal, en términos de generación de identidad y también de consumo.
Lo mismo ocurre con los medios: no solo hay cuestiones ideológicas e identitarias, sino también lógicas de consumo. El clickbait y los algoritmos funcionan como motores que ordenan el ejercicio comunicativo, y en ese contexto la idea de un discurso racional, argumentado y equilibrado prácticamente es prehistoria. Entonces, capacidades hay, pero los incentivos del ejercicio político y mediático actual van en sentido contrario.