A lo largo de los años, nuestro laboratorio de Ingeniería fue atravesando distintas etapas y nunca llegó a tener un nombre propio y definitivo. Pero el pasado jueves 28 de agosto lo encontró, al llevar por fin el de Roberto Mattio, uno de los grandes fundadores y referentes de nuestra Facultad de Ingeniería.
Ese día se colocó una placa en su honor, en un encuentro íntimo que reunió a familiares, colegas y amigos. Hubo anécdotas, recuerdos, sonrisas y también emoción compartida en un cálido cocktail. El decano, Emilio López Gabeiras, dedicó unas sentidas palabras, a las que se sumaron los testimonios de compañeros y familiares como Víctor Herrero, Juan Carlos Romero Moreno, Mariana Krause, Alejandro Silvestri, Gabriela Robiolo, Angélica Moya (su mujer) y sus hijos.
Roberto fue ingeniero químico de formación, apasionado por la enseñanza y decano entre 1997 y 2006. Quienes lo conocieron recuerdan su sonrisa franca, su trato cordial, su escucha atenta y su calidez humana. Lideró los primeros pasos de la Facultad en tiempos desafiantes, cuando todo estaba por hacerse, y lo hizo con convicción, cercanía y visión de futuro.
Soñaba con una Facultad en la que cada estudiante pudiera vivir la experiencia completa de la ingeniería, pasando por la práctica en planta, el trabajo en equipo y también la reflexión académica. Por eso, no sorprende que hoy su nombre quede grabado justamente en un espacio que simboliza lo que él defendía: aprender haciendo, crecer experimentando y llevar la teoría a la práctica.
El laboratorio, que hasta ahora no tenía un nombre definitivo, ya lo tiene. Y en cada proyecto, en cada práctica, en cada idea que allí se geste, el legado de Roberto seguirá presente.
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