Henry Kissinger, Wall Street Journal

3 de abril, 2020
La pandemia de coronavirus alterará para siempre el orden mundial

Estados Unidos debe proteger a sus ciudadanos de la enfermedad al
comenzar el trabajo urgente de planificar una nueva época.

La atmósfera surrealista de la pandemia de COVID-19 me recuerda cómo
me sentí de joven en la 84ª División de Infantería durante la Batalla de las
Ardenas. Ahora, como a finales de 1944, hay una sensación de peligro
incipiente, dirigido no a una persona en particular, sino golpeando al azar y
de manera devastadora.
Pero hay una importante diferencia entre esa época lejana y la nuestra. La
resistencia estadounidense, entonces, fue fortalecida por un propósito
nacional final. Ahora, en un país dividido, hace falta un gobierno eficiente y
con visión de futuro para superar obstáculos sin precedentes en magnitud
y alcance mundial. Mantener la confianza pública es crucial para la
solidaridad social, para la relación de las sociedades entre sí y para la paz
y la estabilidad internacionales.
Las naciones se cohesionan y prosperan en la creencia de que sus
instituciones pueden prever catástrofes, detener su impacto y recuperar la
estabilidad. Cuando la pandemia del COVID-19 termine, se tendrá la
impresión de que las instituciones de muchos países fracasaron. Que esa
conclusión sea objetivamente correcta resulta irrelevante. La realidad es
que el mundo nunca será el mismo después del COVID- 19. Discutir ahora
sobre el pasado sólo vuelve más difícil hacer lo que hay que hacer.
El coronavirus ha atacado a una escala y con una ferocidad sin
precedentes. Su propagación es exponencial: los casos en Estados Unidos
se duplican cada cinco días. Al momento de escribir esto, todavía no hay
vacuna. Los suministros médicos son insuficientes para hacer frente a la
creciente avalancha de casos. Las unidades de cuidados intensivos están
al límite, y más allá, de ser sobrepasadas. Los test son insuficientes para
identificar la magnitud del contagio, y más todavía para revertir su
propagación. Una vacuna exitosa podría demorar 12 ó 18 meses.
El gobierno de Estados Unidos ha gestionado con firmeza para evitar una
catástrofe inmediata. La prueba definitiva será si la propagación del virus
puede ser detenida y luego revertida de un modo y a una escala que
mantenga la confianza pública en la capacidad de los estadounidenses
para gobernarse a sí mismos. El esfuerzo de la crisis, por muy vasto y
necesario que sea, no debe desplazar la urgente tarea de lanzar una tarea
paralela para la transición al orden post-coronavirus.
Los líderes están enfrentando la crisis con un abordaje básicamente
nacional, pero los efectos de disolución social de esta pandemia no
reconocen fronteras. Si bien el ataque a la salud humana será
-esperemos- temporal, la conmoción política y económica que ha
desencadenado podría durar generaciones. Ningún país, ni siquiera
Estados Unidos, puede superar la crisis con un esfuerzo exclusivamente
nacional. Hacerle frente a las necesidades de corto plazo debe estar
asociado a una visión y a un programa de cooperación globales. Si no
podemos hacer ambas cosas a la vez, nos enfrentaremos a lo peor de
cada una.
Extrayendo lecciones del desarrollo del Plan Marshall y del Proyecto
Manhattan, Estados Unidos está obligado a realizar un gran esfuerzo en
tres ámbitos. Primero, reforzar la resistencia global a las
enfermedades infecciosas . Triunfos de la ciencia médica como la vacuna
contra la polio y la erradicación de la viruela, o la incipiente maravilla
estadístico-técnica del diagnóstico médico a través de la inteligencia
artificial, nos han llevado a una peligrosa complacencia. Necesitamos
desarrollar nuevas técnicas y tecnologías de control del contagio y
vacunas adecuadas para grandes poblaciones. Ciudades, estados y
regiones deben prepararse todo el tiempo para proteger a su población de
las pandemias mediante el registro, la planificación cooperativa y la
exploración en las fronteras de la ciencia.
En segundo lugar, esforzarse por sanar las heridas de la economía
mundial. Los líderes globales han aprendido importantes lecciones de la
crisis financiera de 2008. La crisis económica actual es más compleja: la
recesión desencadenada por el coronavirus es, en su velocidad y escala
mundial, diferente a todo lo que se ha conocido en la historia. Y las
medidas de salud pública necesarias, como el distanciamiento social y el
cierre de escuelas y empresas, están contribuyendo al deterioro
económico. Los planes también deben tratar de mejorar los efectos del
inminente caos en las poblaciones más vulnerables del mundo.
Tercero, salvaguardar los principios del orden internacional liberal . La
leyenda fundadora del gobierno moderno ha sido la de una ciudad
amurallada protegida por poderosos gobernantes, a veces despóticos,
otras veces benévolos, pero siempre lo suficientemente fuertes para
proteger al pueblo de un enemigo externo. Los pensadores de la
Ilustración reformularon este concepto argumentando que el propósito del
Estado legítimo es proveer las necesidades fundamentales del pueblo:
seguridad, orden, bienestar económico y justicia. Los individuos no pueden
asegurar esas cosas por sí mismos. La pandemia ha provocado un
anacronismo, un renacimiento de la ciudad amurallada en una época en
que la prosperidad depende del comercio mundial y la circulación de
personas.
Las democracias del todo el mundo necesitan defender y mantener
los valores de la Ilustración . Un retroceso global del equilibrio entre el
poder y la legitimidad hará que el contrato social se desintegre tanto a nivel
nacional como internacional. Sin embargo, esta cuestión milenaria de
legitimidad y poder no puede resolverse mientras se hace el esfuerzo para
superar la pandemia de COVID-19. La contención es necesaria en todas
las esferas, tanto en la política nacional como en la diplomacia
internacional. Y se deben establecer prioridades.
Pasamos de la Batalla de las Ardenas a un mundo de creciente
prosperidad y mayor dignidad humana. Ahora, vivimos un cambio de
época. El desafío histórico para los líderes es gestionar la crisis
mientras construyen el futuro . El fracaso podría prender fuego el mundo


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