La Unión Europea entre dos titanes: China y Estados Unidos

El Covid provocó en Europa una respuesta individual ante la crisis que hizo crujir su identidad de bloque. Las dos potencias presionan a la comunidad para que se defina en sus alianzas políticas y económicas.

Por Mariano Turzi es Profesor de Relaciones Internacionales de la Escuela de Gobierno (Austral). 

Xi Jinping recibió a Trump el 9 de noviembre de 2017 en  Beijing.
Foto: REUTERS/Damir Sagolj

Fuente: Clarín.com. Foto: REUTERS/Damir Sagol


 

Desde Stettin en el Báltico hasta Trieste en el Adriático, una cortina de hierro ha descendido por todo el continente“ declaró Winston Churchill en su discurso en marzo de 1946 en Fulton, Missouri. Setenta y cuatro años después, la pandemia global de Covid-19 parece estar haciendo caer una nueva cortina –esta vez no de hierro sino de higiene– sobre los países europeos. El discurso de Churchill se recuerda como el inicio de la Guerra Fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Acaso en el futuro recuerde al coronavirus como el inicio de una nueva guerra fría entre Estados Unidos y China. El virus acentuó la tendencia crecientemente conflictiva de la relación entre ambos países. Lo que hasta el año 2019 fue una escalada de la competencia comercial, emergerá de 2020 como una competencia geopolítica. Washington ve a China como un enemigo, ya que el ascenso de Beijing amenaza su hegemonía global.

En Europa, las urgencias de salud impuestas por el virus impusieron una lógica de acción individual a los estados europeos que amenazó con romper la unión de un bloque ya desgastado debido al estancamiento de sus economías bajo el peso de la deuda, el déficit y el desempleo; asediado por la creciente polarización al interior de sus sociedades y debilitado por la parálisis política a nivel regional. Y sobre esta situación de relativa debilidad internacional es que la Unión Europea queda crecientemente atrapada en la rivalidad entre las superpotencias del siglo XXI.

China se ha vuelto un actor enormemente innovador en el campo tecnológico. Sus compañías rivalizan con Silicon Valley. Es por eso que Estados Unidos le tiene miedo a Huawei. En julio, el Departamento de Estado de EE.UU. impuso restricciones a empleados de la compañía por ser un “brazo del aparato de vigilancia del Partido Comunista de China, que censura a disidentes políticos, permite campos de internamiento masivo en Xinjiang y la servidumbre de la población en toda China”. La Comisión Federal de Comunicaciones calificó recientemente a Huawei y ZTE como “amenazas a la seguridad nacional”. Y ese enfrentamiento ya se ha extendido al campo de batalla europeo.

Sentimientos encontrados

El Reino Unido lanzó una nueva versión de la “relación especial” con un componente anti China. No contento con haber abandonado la UE (su mayor socio comercial), decidió que China (la economía más grande del mundo según el FMI) es su mayor enemigo. Prohibió a Huawei participar en el desarrollo de la tecnología 5G en el país. Elige darle la espalda a una de las compañías más innovadoras e importantes del mundo y su tecnología crucial para el desarrollo nacional. Estos daños autoinfligidas son el resultado de la debilidad geopolítica en la que el Reino Unido está inmerso post-Brexit.

La situación de la UE es preocupante, ya que ha quedado expuesta en un mundo en el que crecientemente se enfrentarán las prepotencias haciendo valer sus intereses sobre clientes, enemigos y aliados. El 15 de marzo la UE impuso una prohibición de exportación a todo el bloque de ciertos equipos de protección médica (máscaras, guantes), en un intento por mantener disponibilidad de suministros. Francia y Alemania introdujeron sus propios controles de exportación en detrimento de otros miembros como Italia que necesitaban desesperadamente esos insumos.

Dentro de la UE, los suministros médicos se concentran en un número limitado de estados miembros proveedores: República Checa, Francia, Alemania y Polonia. Moscú, en contraste, sí estuvo “dispuesto” a proveer asistir el sufrimiento del sistema hospitalario sobrecargado de Italia. Despachó un contingente de más de 100 soldados a Bergamo con el equipo estampado con logotipos que decían “De Rusia con amor”. Entre los especialistas rusos hubo expertos en guerra química y biológica que pueden haber tenido acceso al sistema militar y de salud italiano. Más aún, medios estatales rusos promocionaron que soldados del país han estado viajando “por el corazón de Europa a lo largo de las carreteras de la OTAN”. Rusia trabajó hábilmente sobre esas líneas de fracturas al interior del bloque, capitalizando esos conflictos para ganar una ventaja geopolítica sobre la UE y promocionar una “superioridad” del régimen ruso entre sus ciudadanos. Una encuesta del Consejo Europeo para las Relaciones Internacionales de junio de 2020 reveló que los europeos se sintieron completamente decepcionados por las instituciones de la Unión: 63% de los italianos y 61% de los franceses dijeron que la UE no estuvo a la altura del desafío planteado por la pandemia.

En el sistema internacional no existe una jerarquía de autoridad como la que hay dentro de los Estados. No hay un “911 global” que pueda resolver los conflictos. Estados Unidos ya no es la “nación indispensable” con la que Europa puede contar y en la que puede confiar. China no está pidiendo ocupar ese lugar que por capacidad y voluntad Washington abandona. El “Estados Unidos primero” (America First) de Donald Trump es para Europa un “Estados Unidos sólo” y el “Sueño chino” de Xi Jinping bien puede ser la pesadilla de Bruselas. ¿Puede existir un polo moral posmoderno en un mundo de potencias en competencia o de amenazas premodernas? ¿Tiene viabilidad un poder normativo en la jungla geopolítica?

Los estados europeos no podrán –en términos de ideas, intereses, instituciones e identidades– rescatarse a sí mismos recreando un “espléndido aislamiento”. Tampoco las condiciones actuales de la política mundial son habilitantes para hacer de Europa una utopía kantiana basada en normas.

Para mantener la autonomía en un mundo crecientemente competitivo y conflictivo, la institucionalidad multilateral debe ser la base de un nuevo compromiso. De no lograrse este consenso, las presiones sistémicas fracturarán la UE de vuelta a sus partes integrantes. Esto no solamente será un retroceso institucional y una debacle económica. Socavará las bases simbólicas de los principios liberales y retrotraerá las relaciones europeas a un escenario similar al del siglo XIX, en donde la seguridad se mantenía a través de pactos y alianzas por la desconfianza generalizada que tomó millones de vidas superar. Es necesario forjar un nuevo contrato social europeo que trascienda la oposición nacionalismo militante vs. globalismo cosmopolita. La falta de asistencia de la UE a sus estados miembro durante la primera fase de la crisis produjo una abrumadora demanda de acción concertada.

La crisis del Covid-19 (no la epidemiológica sino la económica y política que le seguirán) constituirá una coyuntura crítica para la supervivencia del bloque. El reciente acuerdo franco-alemán para crear un fondo de recuperación de 500 mil millones de euros permite por primera vez que la Unión Europea se endeude y realice transferencias. El nuevo espacio de acción para que los líderes europeos construyan una comunidad defensiva basada en la necesidad más que en aspiraciones y discursos. Se trata de la institucionalidad de la Unión como herramienta que potencia objetivos nacionales y fortalece la soberanía nacional más que como una burocracia predatoria y desligada de la ciudadanía.

 

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