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WhatsApp Image 2017-10-17 at 4.15.58 PMPor Gastón del Río

Hoy se celebra nuevamente el Día de la Madre. Si bien se reconoce el carácter comercial de esta fecha, es una oportunidad para repensar el lugar de las madres en nuestra vida. Es un hecho innegable que todos tenemos una madre, o al menos alguien que cumple o ha cumplido con ese papel.
Pensar en las madres es mucho más que pensar en la persona que nos ha dado la vida. Se trata de recordar todo lo vivido, lo compartido, lo trasmitido. Si bien madre hay una sola desde lo biológico, en nuestra vida podemos reconocer muchas personas que han ocupado y ocupan, por medio de su testimonio, un papel materno en nuestras vidas.

Puede ocurrir que esa madre haya fallecido y este día se viva con mucha tristeza. Sin embargo, pese a la tristeza, más que nunca entra la frase de la película El rey león, cuando Rafiki, el mono, que vendría a ocupar el lugar de la sabiduría, le dice a Simba, quien estaba triste por la pérdida de su padre: “Él aún vive en ti”. Recordar las pérdidas puede ser angustiante, aunque también es valioso recordar que lo vivido, lo trasmitido a partir del testimonio, perdura en nosotros.
Estas fechas nos permiten reencontrarnos con lo que implica ser hijos, que es una condición que todos compartidos. Este día sólo es posible celebrarlo, porque todos somos hijos y siempre lo seremos, y nos lleva a reflexionar sobre lo que son los vínculos en nuestra vida.

En función de cómo nos vinculamos, nos vamos definiendo en el modo en que desplegamos nuestra humanidad. El hombre es un ser vincular, y es en esta interacción con los otros que vamos configurándonos como personas. Las palabras, las acciones, el trato, son modos que nos acercan o nos alejan los unos con los otros.
Podríamos profundizar en varias cuestiones respecto a los vínculos, pero en estas fechas me gustaría centrarme en dos características que podrían ser como dos caras de una misma moneda.
Tenemos un lado de la moneda en la cual se reconoce que todo vínculo es con un otro, diferente a uno, con sus intereses, sus preocupaciones, sus deseos, sus características particulares. Es en ese vínculo que van a ir apareciendo diferencias, encuentros y desencuentros que por momentos se mantienen. Estas diferencias por momentos se traducen en separaciones, peleas, distanciamientos entre los miembros de la familia, primando un desconocimiento de uno con los otros que termina provocando un rechazo. Este desconocimiento del otro genera una relación distante, da como resultando el desencuentro.
Hace poco una persona me compartía, con cierto alivio: “Por suerte nos juntamos sólo para el Día de la Madre, y hasta navidad no nos vemos”. Este tipo de comentarios es bastante frecuente porque en muchos de los casos lo que prima es la obligación de juntarse a celebrar algo que muchas veces carece de sentido, porque hay un desconocimiento entre las personas. A veces, llegamos a este tipo de afirmaciones porque nos quedamos en la diferencia, el rencor, la herida que hemos sufrido. A la hora de vincularnos, puede pasar que nos lastimemos, muchas veces sin buscar hacerlo, por desconocimiento o falta de aceptación que puede llegar a existir entre nosotros.
La otra cara es la alegría que genera el vínculo con el otro, que nos permite y nos ayuda a ser mejores personas, mejores hijos, mejores padres. El vínculo nos enriquece como personas, nos ayuda a ponernos en el lugar del otro, ampliando la mirada que tenemos sobre las cosas y el mundo. Y principalmente, si existe ese vínculo, nos da la posibilidad de descubrirnos como personas que amamos, que nos podemos encontrar con el otro, y el otro con nosotros.
Al reconocernos en esta capacidad de amar también quedamos expuestos a que nos lastimen, a que surjan desencuentros. Pero es justamente desde esta aparente vulnerabilidad (porque es la que permite que seamos lastimados, porque si el otro no me importa, sus palabras y sus acciones no tendrían por qué tener un impacto en mí), que se potencian los vínculos, que nos permiten ser más auténticos, y crecer como persona.
El vínculo siempre se da con otro, que es diferente a uno. El amor nos permite ver en el otro lo que puede ser, lleva a buscar encontrarse con el otro pese a la diferencias.
Reconociendo estas dos caras de los vínculos, estas dos realidades, es que cada uno de nosotros puede elegir desde dónde mirar la moneda, con qué lado quedarse, qué lado buscar cultivar: el del encuentro o el desencuentro, el rencor o el amor, la aceptación o el rechazo.
Estos días los podemos vivir como una carga, como una obligación social. O bien, buscar reencontrarnos con el otro, reconociendo el valor del Día de la Madre, buscando un encuentro genuino con el otro, encontrándole sentido, que nos permita compartir y encontrarnos, y por sobre todo, celebrar la vida compartida. Viktor Frankl solía decir que la vida es “una oportunidad para”. Está en cada uno de nosotros aprovechar esta oportunidad para enriquecer y crecer en afecto y profundidad en nuestros vínculos, a pasar de los desencuentro ocurridos. Queda en cada uno aceptar esta invitación a celebrar el vínculo, hasta llegar a decir: “Qué bueno que nos encontramos, esperemos que pronto nos volvamos a encontrar”.

Fuente: Infobae

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