El dolor por la partida de Alfonso Nieto, ex rector de la Universidad de Navarra y catedrático en el área de la Empresa Informativa, retumbó fuerte en los pasillos de la Facultad de Comunicación, una institución que ayudó a consolidar con su consejo y su amistad.

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El recuerdo audivisual de la Universidad de Navarra.

Los más de 10 mil kilómetros que separan a Buenos Aires de Pamplona no fueron una barrera para que el dolor por la muerte de Alfonso Nieto, ex rector de la Universidad de Navarra y primer decano de la Facultad de Ciencias de la Información de esa casa de estudios, llegara a la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral.

Es que en su impresionante recorrido académico Don Alfonso, como se lo recordará por siempre, tuvo tiempo para ayudar a consolidar a la Facultad de Comunicación gracias a su consejo y amistad.

Sus antecedentes no dejan dudas. Nacido en Oviedo, en 1932, fue director del Instituto de Periodismo de la Universidad de Navarra y primer decano de la Facultad de Ciencias de la Información de esa casa de estudios. Además fue rector de esa universidad española entre 1979 y 1991.

Su carrera institucional nunca olvidó su faceta académica: es un referente internacional del área de Empresa Informativa y escribió varios libros que todavía se estudian en distintas universidades.

En 2002 fue investido como doctor Honoris Causa por la Universidad Austral. Ese reconocimiento por su carrera académica era también un agradecimiento por su rol como consejero institucional en los inicios de la Facultad de Comunicación.

“Son incontables las veces que en reuniones con las autoridades de la Facultad dio su consejo y opinión, aquilatados por una larga y decantada experiencia”, decía el Dr. Pedro Luis Barcia en el discurso de Laudatium, en el que pedía su investidura. “Todos somos deudores vitalicios de sus observaciones amicales, paternales, plenas de autoridad intelectual y moral pero acompañadas siempre del gesto cordial, de la expresión bienhumorada”.

Cálido como siempre, Nieto respondió los halagos en su discurso: “Cuando estoy en la Universidad Austral me gusta verla como el ombú de las inteligencias, abierta al futuro con afán de servir a la sociedad”.

Quienes lo conocieron personalmente eligen siempre considerarlo un amigo. Federico Edelstein, profesor de la FC, lo recuerda como mucho más que su director de tesis: “Fue un tutor, un padre, un guía y un amigo”. Su legado también queda en alumnos de la Facultad, especialmente de las primeras camadas, que participaron en sus clases y seminarios y pudieron dialogar con él.

Juan Luis Iramain, que además de graduado de la Facultad fue el primer doctor por la Universidad Austral, también lo conoció durante el proceso de elaboración de su tesis. Así lo define: “Era inteligente, tremendamente metódico, y con una pasión por el trabajo nada común. Además era optimista, y quizá por eso pudo hacer cosas importantes en (y con) su vida”.

Testimonios en primera persona

Damián Fernández Pedemonte:

Magnanimidad académica y afabilidad personal

Federico Edelstein:

Acabo de recibir la triste noticia del fallecimiento de Don Alfonso. Por alguna razón y por esos caminos de la vida tuve la suerte de conocerlo y hasta el día de hoy lo llevo profundamente en mi corazón.

Querido Don Alfonso, estoy en Alemania -por razones académicas y laborales- y miro a través de la ventana un hermoso paisaje nevado de frío invernal que me recuerda a nuestras largas conversaciones. Tú estás presente allí. Te quiero agradecer no solo que hayas sido mi Doktorvater (director de tesis) sino mi guía en un camino que emprendí hace muchos años en mi vida. Fuiste un tutor, un padre, un guía y un amigo. Fuiste tú quien me enseño a elegir en la vida el camino mas difícil frente a la opción del más fácil.

Te llevo en mi corazón querido Don Alfonso!

Federico Edelstein
Freiburg, Berlin, Alemania (03.02.12).

Juan Luis Iramain:

Alfonso Nieto, In Memoriam

Alfonso Nieto era mi amigo. Cuando lo conocí no esperaba que lo fuera, porque me llevaba casi cuarenta años, y yo acababa de terminar la carrera, y él ya había fundado cosas, y había sido decano y rector y tenía todos los títulos imaginables, así que la asimetría era enorme. Pero también en eso era sorprendente.

Era inteligente, tremendamente metódico, y con una pasión por el trabajo nada común. Además era optimista, y quizá por eso pudo hacer cosas importantes en (y con) su vida.

Muchos lo admirábamos y también muchísimos lo queríamos, o lo queremos. Cada uno sabrá por qué. Yo, sobre todo porque era leal con sus amigos: parco para los elogios cuando estaba presente el interesado, pero generoso para destacar lo bueno cuando se iba. Daban ganas de ser amigo de sus amigos, porque él difundía su mejor versión. Siempre.

Pero su lealtad se ve mejor, quizá, en otro rasgo: don Alfonso, investido de ese prestigio y autoridad que todos le dábamos y que él se merecía, se dejaba contradecir. No se aferraba a su punto de vista. Tenía una opinión formada sobre todo lo humano y lo divino, pero se podía disentir con él -incluso radicalmente- y eso no cambiaba en nada la amistad. No puedo recordar las veces en las que no estuvimos de acuerdo (fueron muchas), sobre asuntos menores y no tan menores: a veces me convenció, otras lo convencí yo, y otras ni una cosa ni la otra, y todo siguió como si nada, tan amigos como siempre.

Tenía ideales y sueños, pero sobre todo le importaban las personas. Por eso cosechó amigos, de esos que duran para siempre.

Un día de invierno, en Pamplona, en medio de una charla sobre Aristóteles, una digresión nos llevó a san Juan de la Cruz: le apasionaba. Entonces compartió conmigo este poema. Hoy pienso que podría ser su epitafio.

Mi alma se ha empleado,
y todo mi caudal en su servicio;
ya no guardo ganado,
ni ya tengo otro oficio,
que ya sólo en amar es mi ejercicio.

Más información:

La noticia en el diario El País de Madrid.

El recuerdo en la página de la Universidad de Navarra.