Por Verónica Aimar, directora de la Especialización en Medicina General y Familiar de la Facultad de Ciencias Biomédicas de la Universidad Austral.

El aporte de los médicos de familia o generales en los sistemas sanitarios está en ser la puerta de entrada del paciente y su familia para su atención en una institución, centro de salud u hospital. Asimismo, la posibilidad de generar un vínculo duradero en la relación médico-paciente, se consigue a través de la escucha, la empatía y del seguimiento en el tiempo, algo que logran estos especialistas.

Son ellos quienes garantizan la continuidad de cuidados a lo largo de la vida del paciente, desde la atención a una enfermedad crónica, hasta el comunicar una mala noticia. Permite estar presentes en la salud, pero también en oportunidades de promoción y prevención, según factores de riesgos personales y familiares.

El 19 de mayo se celebra el día mundial de la Medicina Familiar, una fecha propuesta por la Organización Mundial de los Médicos de Familia (WONCA), para reconocer el importante rol que estos profesionales ocupan en los sistemas sanitarios del mundo y su compromiso con la salud de las personas. Ahora bien, muchas personas se preguntan: ¿cuál es la diferencia entre el médico de familia y el médico clínico?

La Medicina General y Familiar es una especialidad que se ocupa de la atención integral del individuo en el ámbito ambulatorio en su contexto personal, familiar y social. Sus orígenes se remontan al antiguo médico del pueblo que daba respuesta a todos los problemas de salud de la familia.

En la historia de la medicina, la capacitación hacia las subespecialidades que son tan necesarias ha llevado a la fragmentación de la persona. Son los médicos de familia quienes tratan de generar un aporte, siguiendo al paciente de una manera integral e intentando dar respuestas a los problemas de salud frecuentes en todas las etapas de la vida.

El abordaje es de forma global al individuo y su familia, con el objetivo de tratar los problemas de salud persistentes, tanto agudos como crónicos. Su formación es en prácticas preventivas en todos los grupos etarios (niñez, adolescencia, juventud, adulto mayor, salud de la mujer y controles de embarazo de bajo riesgo).

Son los responsables de coordinar la atención y derivar para evaluación con otros especialistas, sin perder el seguimiento en el tiempo y la continuidad de cuidados.

Las herramientas que desarrolla un médico de familia durante su formación alcanzan también el ámbito comunitario. Su especialidad requiere de capacitación a través de residencias médicas con foco en el primer nivel de atención, es decir, centros de atención primaria. Se busca que sean efectores de la salud en las familias a cargo y desarrollen capacidad de gestión, para generar acciones comunitarias, según las necesidades que puedan ir detectando o que los miembros de la comunidad vayan manifestando.

Los desafíos de la especialidad continúan. Durante la pandemia, el primer nivel de atención fue uno de los más desatendidos, ya que la mayoría de los médicos de familia fueron requeridos para asistir la demanda en los hospitales y tanto la prevención, como las patologías prevalentes se vieron desatendidas en estos dos años. Los médicos de familia estuvieron dando respuestas a la población, ateniendo los controles de embarazo de riesgo, siguiendo a los menores de un año y a los adultos en general, y realizando vistas domiciliarias en adultos mayores.

Considerando que en nuestro país el acceso a la salud no es equitativo ni igualitario, son los médicos de familia quienes se encuentra en un lugar de privilegio: la puerta de entrada al sistema, coordinando la atención y asegurando continuidad de cuidados.

Fuente: Clarín