Por María del Carmen Morasso,

Integrante del Comité de Carrera de la Licenciatura en Nutrición de la Facultad de Ciencias Biomédicas de la Universidad Austral.

La alimentación es una necesidad vital, una práctica cotidiana y un derecho reconocido. Cinco años atrás, los líderes mundiales adoptaron un conjunto de objetivos globales para 2030, principalmente orientados a erradicar la pobreza y el hambre, proteger el planeta y garantizar la prosperidad para todos. Sin lugar a dudas, la pandemia de Covid-19 ha potenciado las inequidades preexistentes en el acceso a los alimentos de amplios sectores de población vulnerable.

Poner fin al hambre, lograr la seguridad alimentaria, la mejora de la nutrición y promover la agricultura sostenible, son algunos de los objetivos planteados. El desafío es formidable, y es necesario recordarlo hoy, Día Mundial de la Alimentación.

En la actualidad, más de 2000 millones de personas no tienen acceso regular a alimentos inocuos, nutritivos y suficientes. Para ellos, la alimentación, posiblemente, no sea una práctica cotidiana. Además, se espera para 2030 un incremento de 1000 millones de personas más habitando esta, «nuestra casa común» (Laudato Si; 2015). El informe 2020 de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura alerta sobre la imperiosa necesidad de adecuar los sistemas alimentarios para que sean sostenibles y suministren suficientes alimentos inocuos y nutritivos para una población mundial en crecimiento, sin socavar la capacidad de las tierras y los mares del mundo, a fin de satisfacer las necesidades alimentarias de las generaciones futuras.

La tierra, los mares y los bosques padecen un problema común: la progresiva y rápida pérdida de biodiversidad. Hoy, nueve especies de plantas representan el 66% de la producción agrícola total. En 2015, la misma FAO puso en evidencia la enorme dependencia entre la vida humana y la salud de los suelos: «un suelo sano es un ecosistema vivo y dinámico, lleno de organismos microscópicos y de mayor tamaño, que cumplen muchas funciones vitales, entre ellas, transformar la materia inerte y en descomposición, y los minerales, en nutrientes para las plantas. La disponibilidad de alimentos depende de los suelos: no se pueden producir alimentos nutritivos y de buena calidad, si nuestros suelos no son suelos sanos y vivos».

Aquí es fundamental apelar a la creatividad de los innovadores y a la toma de conciencia de todos para producir, procesar, comercializar, consumir y evitar desperdicios con el objetivo de satisfacer las necesidades actuales y futuras de alimentos. Como lo expresa el lema de campaña, «Cultivar, nutrir, preservar. Juntos», sin degradar ni agotar la biodiversidad, y otros recursos naturales, de los que todos dependemos.

También es necesario fortalecer a los agricultores familiares. Ese sector, a nivel global, produce el 80% de los alimentos disponibles.

Si consideramos las recomendaciones para lograr una alimentación saludable que ofrecen las guías alimentarias para la población argentina, surge a las claras que los alimentos que deben poblar la mesa familiar vienen de la tierra y del mar.

Estamos a tiempo para mejorar los sistemas alimentarios, dotándolos de capacidad para superar la brecha actual, y proveer la demanda futura de alimentos de manera sustentable.

Todos, de algún modo, somos parte y tenemos responsabilidad en la eficiencia del sistema alimentario que integramos; desde aquellos que deciden sobre políticas públicas, productores y procesadores, hasta los consumidores. Y como consumidores, podemos modelar la demanda de alimentos y aplicar técnicas de conservación y cocción adecuadas, para preservar la calidad nutritiva de los alimentos y evitar desperdicios.

Entonces, ¿cuántas especies de vegetales integran nuestra alimentación habitual? ¿Qué tan colorido es el plato de vegetales que compartiremos, hoy, en la mesa familiar? Por nuestra salud y la del planeta, podemos, y debemos, incorporar la biodiversidad en nuestras pautas de consumo porque, tal lo sintetiza la campaña, «nuestras acciones son nuestro futuro».

Fuente: La Nación