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El honor de contar con un egresado
de la Austral, ordenado sacerdote
José María Lix-Klett es un ex alumno
de la Facultad de Derecho que se ordenó sacerdote
y celebró la Santa Misa en nuestra Universidad
el pasado lunes 21 de abril. En su homilía agradeció
a sus profesores, administrativos, compañeros,
y a toda la gente con la que compartió su paso
por la Austral.
Recordó cuántas veces había acudido
a la misma capilla en la que ahora celebraba Misa, todo
lo que había pedido allí. Consideró
que debe mucho de su vocación a la Universidad.
Explicó también que Dios hizo mucho en
su persona, y procedió a contar el proceso de
su vocación. Transcribimos la entrevista que
salió en la página web del Opus Dei donde
queda más detallado esta trascendente historia
de vida que tan de cerca afecta a nuestra Universidad.

“El sacerdocio es transmitir
alegría”
¿Es verdad que su historia está
muy relacionada con su nombre?
Veo la mano de Dios que me trajo hasta acá;
siempre me ha dado mucho que pensar la historia de mi
nombre. Cuando yo estaba en la panza de mi mamá,
y tenía apenas 4 meses de concebido, mis padres
y mi hermana mayor tuvieron un accidente de auto bastante
grave llegando a Mar del Plata.
Según me contaron, el auto volcó y cayó
en una cuneta de unos tres metros de profundidad. A
mi papá no le pasó prácticamente
nada; mi hermana salió volando por la ventanilla,
y la recogió un buen camionero que paró
a ayudarles (tampoco le pasó nada grave, gracias
a Dios); y mi madre, conmigo dentro, quedó muy
grave. Tuvo estallido de bazo y de parte del hígado,
aplastamiento de vértebras y perdió también
un riñón. La llevaron en ambulancia al
Hospital Interzonal de Mar del Plata y los médicos
de guardia, previo hacerle una radiografía corta
para no dañar el embarazo, la operaron durante
más de 6 horas para sacar casi un litro y medio
de coágulos y con sumo cuidado para que no se
perdiera mi vida (a pesar de que aún no sabían
si yo estaba aún vivo).
Pocos días después, mi madre cuenta que
empezó a sentir mis “patadas”…
Algunos pretendían recurrir al aborto, para salvar
la vida de mi madre, que ciertamente corría grave
riesgo. Si bien los médicos habían actuado
con la máxima delicadeza y competencia profesional,
no sabían si yo continuaba con vida, y como había
tenido que ser expuesto a los rayos X y drogas varias
durante la intervención y posterior atención
médica necesaria de mi madre, suponían
que todo aquello haría irreversible en mí
algún retraso mental, en el mejor de los casos.
Sin embargo –ahora pienso lo duro que habrá
sido para ellos que eran jóvenes, y se los agradezco
de todo corazón-, mis padres apostaron por defender
mi vida, poniendo la de mi madre en las manos de Dios.
Lo mismo hicieron el médico que operó
y la enfermera que atendía a mi madre y a mi
hermana. Dios quiso que yo naciera sano y salvo, y que
mi mamá también sobreviviese. Él
médico que nos salvó se llamaba José
y la enfermera María. En homenaje de agradecimiento
a ellos, decidieron mis padres que me llamaría
José María.
Yo nací un 19 de mayo, y ahora, exactamente
después de 29 años y una semana, me ordené
sacerdote: quien hubiera pensado…, como dice el
Martín Fierro, “dende el vientre de mi
madre, vine a este mundo a cantar”. Fue una gran
emoción para mí después de toda
una vida, volver a tomar contacto con el Dr. José
para contarle mi historia, y que me ordenaba sacerdote,
y poder darle las gracias, porque por su trabajo competente
y realizado cara a Dios en una guardia de un hospital,
estoy aquí para contar esta historia. Él
también se emocionó mucho, porque a pesar
de tantos años, recordaba mi caso, ya que con
mis padres se habían intercambiado algunas cartas.
La enfermera María ya falleció, así
que dirigí mi agradecimiento al Cielo.
Otra importante coincidencia de mi nombre es que mis
padres todavía no conocían a San Josemaría
Escrivá, fundador del Opus Dei, que con el tiempo
sería decisivo en el descubrimiento de mi vocación.
San Josemaría es para mí el modelo de
sacerdocio al que Dios me llama. No me gusta pensar
que todo esto haya sido casualidad porque, como decía
Chesterton, la casualidad es el nombre que los necios
le dan a la Providencia.
Lógicamente, después pasaron muchas cosas,
que me mueven a dar gracias a Dios, y que hicieron que
yo descubriera mi vocación al Opus Dei cuando
tenía 16 años, y ahora esta nueva “llamada
dentro de la llamada” -como le gustaba decir a
San Josemaría-.
¿Qué recuerdos se lleva de sus
años cerca del Papa, en Roma?
Muchísimos. Algunos son eventos tan extraordinarios
que los hemos vivido todos con el corazón en
Roma, pero que yo tuve la suerte de vivirlos también
físicamente allá, como el fallecimiento
de Juan Pablo II, y la elección de Benedicto
XVI. Esos días han quedado grabados en mi alma
para siempre. Escuché decir a gente no católica,
al morir Juan Pablo II, que sentían como que
habían perdido un padre… Haber podido vivir
en Roma estos extraordinarios acontecimientos, fue una
de las mayores gracias de Dios que he recibido.
El otro gran recuerdo que me llevo de Roma, especialmente
querido para mí como fiel del Opus Dei, es la
canonización de San Josemaría. Ese 6 de
octubre lo llevo adentro cada día.
En
estos tiempos, ¿cómo reflexiona sobre
su compromiso?
Creo que no hace falta teorizar mucho, basta con ver
que la mayoría de las personas asumen compromisos
con gran naturalidad y son felices con ellos, a pesar
de las dificultades que te presenta la vida, que por
otra parte se presentan, tengas o no tengas unos compromisos.
Pero precisamente de esos compromisos es de donde pienso
que uno saca las fuerzas para luchar, precisamente porque
hay un objetivo. Sobre todo, la mayor felicidad la da
un amor auténtico y cualquiera que se haya sentido
enamorado alguna vez –con más razón
si el objeto de ese amor es Cristo- ha experimentado
que el amor auténtico no es por un rato, sino
para siempre. Después vienen las dificultades
de la vida, pero bien asumidas, son las que nos hacen
madurar. Y la ayuda de Dios nunca falta. El ejemplo
de entrega y compromiso de Juan Pablo II, hasta el final,
es bastante elocuente.
¿Cómo piensa comunicar a los
demás la alegría, la novedad y la fuerza
del mensaje cristiano?
Sobre todo con lo que es propio de los sacerdotes,
predicando el mensaje de Cristo y administrando los
sacramentos. Qué mejor modo de transmitir la
alegría que a través de la confesión,
sacramento al que San Josemaría le gustaba llamar
“sacramento de la alegría”, y de
la celebración de la Misa, donde Cristo se nos
da en la Comunión que es la máxima expresión
de amor y de alegría. El sacerdocio es transimir
alegría, la alegría de Cristo.
¿Cómo ha reaccionado su familia
y qué diría a los padres cuyos hijos se
plantean una entrega a Dios?
Cuando llamé a mis padres para avisarles, lo
hice muy temprano, a la hora que suelen despertarse,
así que los agarré medio dormidos. Pero
ni así logré amortiguar la emoción
enorme que se llevaron… Se pusieron muy contentos.
Ven muy clara la mano de Dios detrás de la historia
de mi vocación, y me la hacen ver a mí,
por si yo no me doy cuenta…
Quiero comentar también que siempre tuvieron
un enorme respeto por mi libertad. Nunca me sentí
presionado. Me daban y me dan buen ejemplo, a partir
del cual descubrí, casi sin darme cuenta, que
eran personas de fe, pero todo con una gran naturalidad,
sin cosas raras. Jamás me hablaron de la posibilidad
de entregarme totalmente a Dios. De hecho yo tampoco
lo pensaba. A mí me vino un poco de sorpresa:
yo pensaba casarme y formar una familia, hasta que el
Señor se cruzó por mi camino.
De todos modos, la vocación se las debo a ellos,
en primer lugar, porque me trajeron al mundo, superando
con abandono en Dios y generosamente las dificultades
que ya conté, y después porque con su
ejemplo, me hicieron comprender que se puede vivir la
fe en lo de cada día con coherencia, y a la vez
con naturalidad. Mis hermanos, entre los que cuento
a mi cuñado como uno más, y toda mi familia
(tíos, primos, etc.) también reaccionaron
llenos de alegría y de agradecimiento a Dios.
A los padres cuyos hijos se plantean una entrega a
Dios, les diría que es el mejor regalo que Dios
les puede hacer. Me vienen a la cabeza aquellas palabras
de Benedicto XVI en la inauguración de su pontificado:
“¡No tengáis miedo de Cristo! Él
no quita nada, y lo da todo. Quien se da a él,
recibe el ciento por uno. Sí, abrid, abrid de
par en par las puertas a Cristo, y encontraréis
la verdadera vida.” |