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Visita a un leprosario
El viernes 4 de abril, un grupo de alumnos
de la Austral emprendió el viaje hacia el único
leprosario de nuestro país, para pasar la tarde
con los enfermos. La experiencia fue enriquecedora y
se propusieron el objetivo de repetir esta visita una
vez por mes.
El Hospital Nacional Dr. Baldomero Sommer, está
ubicado a la altura de la Ruta Provincial Nº 24
, en la localidad de General Rodríguez y tiene
la particularidad de albergar a 300 enfermos y a los
3000 familiares de los pacientes. A su vez sostiene
un jardín de infantes, una Escuela Nivel de Educación
Básica (EGB) y una Escuela Polimodal donde se
capacitan aproximadamente 400 alumnos. El espacio perteneciente
al hospital ocupa aproximadamente treinta manzanas convirtiéndose
en una especie de pueblo que tiene bares, confiterías
e incluso cárcel propia.
En 1930, por iniciativa de un grupo de damas católicas,
el entonces presidente de la Nación, Agustín
P. Justo, promulga el decreto que aprueba la adquisición
del predio destinado a la instalación de un asilo
colonia de dermatosos, el cual fue finalmente inaugurado
en 1941, año en que empiezan a ingresar los enfermos.
Hoy lleva el nombre del Dr. Baldomero Sommer (fundador
de la Sociedad Dermatológica Argentina) y es
el único leprosario del país.
En sus comienzos, se creía que la lepra era
contagiosa, por lo que todo el predio estaba lleno de
fuertes medidas de seguridad. Al aislar tanto a los
enfermos se retrasó mucho el avance del tratamiento
de esta patologìa y recién en 1975 se
descubrió que no era contagiosa.
Muchas de las personas que sufren este mal están
totalmente marginadas. El que se va a tratar ahí,
después prefiere quedarse, por que en su antiguo
barrio lo discriminaban. En el lugar no se usa la palabra
Lepra por que tiene una carga social tan grande, que
la consideran ofensiva. Es esta la razón por
la cual, dentro del predio, a este mal se lo llama Hansen,
nombre del médico que descubrió el bacilo
que produce la enfermedad.
Durante la visita, los estudiantes se dividieron en
dos grupos, las mujeres fueron al pabellon femenino
y los hombres al masculino. Llevaron una guitarra y
fueron tocando canciones en cada una de las salas. Recorrieron
las instalaciones con mucha naturalidad, sin siquiera
recordar que estaban con enfermos tan graves. “El
lugar está impecable, limpio, cuidado, se nota
que la gente que trabaja allí pone mucha dedicación
a su trabajo”, explica la alumna de Derecho, Agustina
Figueroa.
Los pacientes reciben mucho apoyo espiritual por parte
del capellán del hospital quien les recomienda
que lleven su enfermedad con alegría. Ya que,
si bien a ellos les tocó una cruz difìcil,
mucha gente se salva gracias a sus sacrificios.
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