|
|
Facultad de Ciencias Biomédicas Facultad de Ciencias Empresariales Facultad de Comunicación Facultad de Derecho Facultad de Ingeniería Instituto de Ciencias para la Familia Escuela de Educación
Hospital Universitario Austral IAE - Business School Parque Austral. Científico, Tecnológico y Empresarial
SECCIONES
Inicio
Información útil
Autoridades
Sedes
Vida universitaria
En los medios
Evaluación Institucional
Dir. de Comunicación
 
COMUNIDAD
 
 

“No es que el debate enriquezca a la Universidad: es consustancial a ella”

El Dr. Juan Cianciardo, Decano de la Facultad de Derecho e investigador del Conicet, escribió recientemente una nota en La Nación sobre el diálogo (que publicamos en esta edición). Este interesante tema también quiso profundizarlo en Australis, y aplicó varios conceptos fundamentales a nuestra Universidad Austral.

Dr. Juan Cianciardo

¿Cómo considera que se vive el diálogo en la Universidad siguiendo su descripción de "día" y "logos"?

Todas las definiciones de “Universidad” con las que uno se puede topar si se pregunta por ella tienen dos aspectos fundamentales: la idea de que es una comunidad o corporación compuesta por profesores y alumnos, por un lado, y por otro el incorporar como fin de esa comunidad la búsqueda de la verdad.

La realización de los dos elementos mencionados supone la utilización del diálogo. Sin diálogo, entonces, no hay Universidad: sin él no resulta posible la existencia de una comunidad ni la búsqueda de la verdad (sobre todo de la verdad práctica).

Partiendo de lo anterior, el diálogo universitario tiene al menos dos andariveles. Por un lado, el diálogo científico, fin de la comunidad universitaria. Respecto de sus notas, quizá valga la pena destacar dos a las que se refería con frecuencia S. Josemaría Escrivá: la libertad y la responsabilidad. No habrá diálogo científico fecundo allí donde se intenten imponer las opiniones personales como verdades. A esto no se opone el hecho de que el profesor pueda y en determinadas cuestiones deba aportar información que contribuya –en no pocas ocasiones de modo decisivo- a la formación de la opinión del estudiante. Tampoco se opone la exigencia de responsabilidad; es decir, de estudio. Por eso, como profesores tenemos un desafío alto: el de crear las condiciones para que en nuestras aulas exista un clima de pasión por la búsqueda de la verdad y de mutuo respeto.

Por otro lado, existe un diálogo administrativo ordenado a la construcción de la comunidad universitaria en cuanto tal, referido a sus aspectos organizativos, a la gestión y el gobierno de la Universidad.

El debate

Una de las tareas centrales que los directivos tienen entre manos, en mi opinión, consiste en la construcción de un clima de convivencia en paz entre todos los actores que intervienen en la Universidad.

Esto exige, entre otras cosas, afrontar el desafío de generar ámbitos de debate acerca de los objetivos, las metas y la marcha de la Universidad en sus distintos niveles, en los que cada quien pueda aportar su punto de vista con absoluta libertad, respetando, claro, está las decisiones que finalmente adopten quienes tienen competencia.

Por eso, la existencia de un debate profundo, e incluso acalorado, entre profesores y estudiantes, en el primer caso, y entre directivos y profesores, en el segundo, es una señal de la salud y madurez de una Universidad. No es que el debate enriquezca a la Universidad: es consustancial a ella.

“Sería preocupante que quienes formamos parte de la Universidad no discutamos con pasión acerca de los temas que nos interesan”.

¿Podría profundizar en la relación OTRO Y APRENDER y asociarlo con el ideario de la Universidad?

La pregunta es muy interesante y resulta posible intentar su respuesta de muchos modos. Quisiera señalar sólo dos cosas muy concretas, como disparadores para la reflexión:

1) Tanto una cosa como otra forman parte de varios de los principios que inspiran nuestro ideario. Se encuentran presentes de modo expreso en dos de ellos: en el principio de “respeto a la libertad, al pluralismo y a la diversidad” y en el de “apertura al aprendizaje”. No debería ser un dato irrelevante el de que nos hemos comprometido de modo formal, como institución, a encarnar en nuestro trabajo cotidiano estos principios.

2) Deben tenerse presente un riesgo que nos atenaza a todos, relacionado con el ritmo con frecuencia alocado que suele vivirse en ciudades como la nuestra (me refiero a Buenos Aires, aunque en menor medida esto también es aplicable a Rosario y a Pilar, aunque por diferentes razones).

El trabajo cotidiano de los profesionales porteños suele transitar por carriles poco sosegados. Al menos este es el caso de los abogados, que conozco bien: de las diez o doce horas de trabajo, una parte sustancial se dedica a reuniones, otro tanto al correo electrónico, una parte a la disputa de “internas”, otra a hablar por teléfono, una porción de tiempo a comer y a los traslados y...

“Se van los días, sin tiempo para el cultivo de las relaciones personales ni espacio para dialogar sobre los temas importantes, frecuentemente muy alejados de los urgentes.

La Universidad y quienes trabajamos en ella no estamos inmunes frente a este ambiente. Por eso, vale la pena interrogarnos con cierta frecuencia acerca de cuánto tiempo hemos dedicado efectivamente al diálogo intelectual, en el que se debate sobre temas, no sobre personas ni sobre acontecimientos, al asesoramiento académico personal, y a la lectura, todo esto dentro de nuestra jornada laboral. Pienso que si la respuesta fuese “poco” o “nada”, deberíamos preocuparnos seriamente.

¿Cómo considera que se vive en la Universidad la transparencia en el diálogo?

No me siento en condiciones de dar un diagnóstico global. Sí, quizá, de dar tres criterios generales y heterogéneos, aplicables, en primer lugar, a mí mismo y a mi trabajo cotidiano.

  • El primero es el de no abusar del correo electrónico. Creo que erraríamos si considerásemos que se trata de una observación sin importancia. Prueba de ello es que ha surgido como una preocupación común, días atrás, en el seminario para profesores que impartió la Prof. Mercedes Rovira. Sobre todo cuando se trata de comunicar información que implica las condiciones de trabajo de una persona (por ejemplo, su evaluación de desempeño), el correo electrónico suele conllevar distorsiones e imprecisiones: carece de los matices que incorporan el gesto, la mirada, la posibilidad de la aclaración inmediata frente a la duda o a la disconformidad. Mi experiencia personal es que lo transmitido en esas ocasiones mediante el e-mail suele interpretarse, utilizando una expresión de la hermenéutica filosófica, bajo “su peor luz”, y da lugar a malos entendidos.
  • En segundo lugar, con respecto a la dirección, el Prof. Dr. Juan José García escribió en un artículo reciente -que vale la pena leer, titulado “Desafíos para una Universidad verdaderamente libre”- que la transparencia implica al menos tres cosas íntimamente conectadas con el diálogo: “brindarle a la persona toda la información necesaria”, “dejarle claros desde un principio a la persona los límites de su discrecionalidad” y, en tercer lugar, “dirigir a tiempo” (“la tardanza en dar una respuesta es en sí misma una respuesta”). Yo agregaría a todo esto que quienes tienen responsabilidades de dirección deben tener siempre en cuenta que la verdad práctica es aspectual: cada uno ve una parte de la realidad, y caben diferentes ideas y opiniones todas ellas legítimas en el amplio campo de lo opinable. No entender esto puede conducir a un diálogo de sordos y, a partir de allí, a una incomprensión mutua.
  • La tercera observación es una preocupación más global: temo que los profesores estemos perdiendo la capacidad de asombro (los filósofos sitúan en ella uno de los orígenes del filosofar). Sin capacidad de asombro se frustra la apertura al diálogo, se pierde la percepción del otro como alguien, como un ser capaz de enriquecerme. Prueba de esto, me parece, es la escasa asistencia que suelen tener los seminarios para profesores, que se plantean casi siempre sobre temas de interés global, en los que todo universitario debería interesarse.

“Cuando se pierde la capacidad de asombro todo intento de diálogo acaba frustrándose, y desaparece una condición obvia para que podamos plantearnos su transparencia”

Avda. Juan de Garay 125 - (C1063ABB) - Ciudad de Buenos Aires - República Argentina - (54 11) 5921-8000