Discurso del Dr. Alejandro Consigli

Entrega del Rectorado

Hace siete años, en una fecha igual a la de hoy y en este mismo lugar, al tomar posesión del cargo de Rector, les conté la historia de la orquesta musical que fue a tocar a la plaza de un pueblo. El público era sencillo, y entre ellos había dos hombres especialmente rudos. Cuando terminó el concierto comentaban ambos las maravillas de la música, admirados de la compleja ejecución de los instrumentos y de la habilidad de los intérpretes.

Pero el desempeño del director no les había parecido relevante, porque a modo de conclusión uno de los dos hombres exclamó: lo del palito…. ¡lo hago yo! . En estos siete años he estado haciendo lo del palito!, intentando ejecutar las tres melodías que aquel 5 de febrero de 2001 les propuse. La primera la del buen trato, la serenidad y la unidad. La segunda la de la profundización en las raíces más características de nuestra misión universitaria. Y la tercera -que muchos tienen bien presente- la del traslado de Garay al campus, aunque -agregué entonces- creciendo en la responsabilidad económica necesaria para ello.

No sé si he logrado que la orquesta sonase afinada y acompasadamente – eso lo tiene que decir el público- pero sí puedo decir que he puesto empeño. Hasta puedo asegurar que hemos tocado la tercera melodía bastante bien, aunque -como la octava sinfonía dé Schubert- por ahora esté inconclusa, no por voluntad del director y de los músicos ciertamente.

Entretanto llegó el tiempo de cambiar de batuta. En la Austral -como en otras buenas Universidades- los cambios son parte constitutiva de ese movimiento hacia lo nuevo que toda Universidad debe tener. Por eso, quienes terminamos el desempeño de algún cargo lo hacemos contentos, con la convicción de que quienes nos sucedan harán cosas diferentes y mejores. Además, siempre tenemos bien presente que San Josemaría Escrivá enseñaba que “los cargos se reciben con alegría, se ejercen con alegría y se dejan con alegría”.

Por eso, al verme liberado de la responsabilidad que corresponde al Rector, el natural desgarrón en el sentimiento que se produce al separarse de algo en lo que se ha puesto la vida es escasamente perceptible, mientras el ánimo está lleno de ilusiones por el panorama académico que se presenta y de un muy sincero agradecimiento.

Este agradecimiento se -dirige en primer lugar a todas y todos los que trabajan en la Universidad Austral, que constituyen su elemento sustancial, por la calidad humana y por la entrega diaria al cumplimiento de los fines de servicio de nuestra institución. Aquí incluyo a quienes se ocupan de la seguridad, la limpieza y el mantenimiento, y atienden así a necesidades básicas y sumamente valoradas; a quienes realizan en diversos niveles tareas administrativas, técnicas y de gestión que hacen posible un funcionamiento coordinado y eficiente; a cuantos trabajan en el Hospital Universitario, elocuente expresión del espíritu que anima a la Universidad; a todo el profesorado, que con su marcada vocación universitaria se excede gustosamente en el cumplimiento de sus deberes de investigación, enseñanza y atención de alumnos; y también a nuestros estudiantes, que con sus inquietudes y creatividad nos ayudan a generar ese ambiente exigente, transparente, abierto y alegre propio de nuestra Universidad.

También debo agradecer a cuantos ocupan o han ocupado cargos de dirección en las diversas unidades. Su probado compromiso con la misión de la Universidad ha constituido para mí un motivo de descanso. De modo muy particular, es razonable que agradezca especialmente a quienes durante estos años me han acompañado en la Comisión Permanente del Consejo Superior, y han vivido conmigo día a día la vida’ a veces sosegada, a veces trepidante de la Universidad. Quiero destacar, a modo de experiencia bien asentada que se extiende a toda la Austral, lo reconfortante y enriquecedora que resulta la corresponsabilidad colegiada en el gobierno.

A todos, y especialmente a las personas que han tenido una relación de trabajo más inmediata conmigo, les ruego perdonen mis defectos personales que han debido soportar, así como mi excesiva mesura y circunspección para mostrarles mi reconocimiento por lo mucho y bien que han trabajado cerca de la Universidad, pero por encima de ella, debo agradecer también a las autoridades de la Asociación Civil de Estudios Superiores y de la Prelatura del Opus Dei, que al encargarme la conducción de la Universidad estos años, me permitieron explorar y actuar en horizontes dilatados y desafiantes que no había imaginado.

Vaya también finalmente mi agradecimiento para las personas y empresas que nos han ayudado a crecer intelectual y materialmente, a la vez que han respetado con delicadeza la autonomía de nuestras decisiones y orientaciones.

El hecho de que sea un profesor con años en la Casa quien va a desempeñar el Rectorado es una buena noticia porque nos habla al mismo tiempo de madurez, de rejuvenecimiento y de modernidad. Marcelo Villar es hombre de trato franco, labor constante y decisión firme. Su reconocido historial académico y científico y su acabado conocimiento de las cuestiones propias de nuestra Universidad, nos aseguran que bajo su guía la nave universitaria andará su rumbo con acierto y recia determinación. Le garantizo, además, que no se encontrará solo, porque puede contar para la misión que se le encomienda con la más cordial cooperación de todos nosotros.

Unidos al Rector, continuaremos entre todos sacando adelante esta gran iniciativa de raíz cristiana, esta desafiante aventura del intelecto, esta idea de que progresar en el conocimiento y transmitirlo es una misión de primera categoría.

Porque la tarea universitaria de buscar el saber, encontrarlo y entregarlo, expresa de modo sublime lo más genuinamente humano: las ansias de verdad que atesora todo intelecto y los anhelos de amor y libertad que palpitan en todo corazón.

Buenos Aires, 5 de febrero de 2008