Un problema con la palabra “relato”


Por: Luciano H. Elizalde

Por Luciano H. Elizalde*

En varios intentos por enseñar por qué es conveniente desarrollar una narración o un relato como mensaje estratégico, me he encontrado con una concepción peyorativa, con un prejuicio negativo acerca de contar con un “relato”.

Por diferentes razones, se considera el “relato” como un mensaje demasiado interesado, poco confiable, que deforma la realidad y que no tiene otro objetivo que deformar la representación de la realidad con fines no transparentes.

En realidad, el “relato” es uno de varios mecanismos del “mensaje”. Entre los seres humanos existen varias modalidades típicas de generar mensajes para que sean percibidos por otros seres humanos (signos, señales, situaciones, frames, metáforas, textos, actos, relaciones, etcétera) y así producir un efecto sobre sus aparatos cognitivos, racionales y emocionales.

El relato es uno de los mecanismos más complejos y más efectivos de dar y de recibir mensajes. ¿Cuáles son algunas de las ventajas del relato frente al texto “discursivo” o al signo?

Primero, el relato permite comprender algo que se desarrolla en el tiempo. El relato permite percibir las relaciones de causa-efecto que se producen entre dos momentos diferentes de un personaje, entre dos o más personajes distintos, entre dos situaciones, entre un pensamiento y una acción. Esto es evidente en un relato, y más difícil de mostrar y de que se memorice en una exposición discursiva.

Segundo, la participación de personajes (sujetos o actantes) permite que el lector o el observador generen con alguno de ellos “empatía”. La empatía, según las últimas investigaciones, no es un dispositivo para comprender al otro, sino un mecanismo cognitivo de la especie humana que permite que un observador tome una posición a favor o en contra en el marco de un conflicto entre dos o más humanos. La toma de posición es fundamental para que uno recuerde un problema, de cualquier tipo, o su solución.

La visión del tiempo y de sus causas y consecuencias, como la empatía por uno o por otro de los sujetos del relato, no son fundamentos para descartar o subestimar las condiciones morales del relato. El relato o la narración son estructuras cognitivas, que permiten aprender y conocer. Y es posible que permitan hacerlo mejor, de modo más efectivo y eficaz que con otros de los mecanismos del “mensaje”.

En definitiva, el relato no tiene que ser descalificado: sólo hay que tener cuidado con el relator.

 

Luciano H. Elizalde
El autor es Director de la MGCO (Maestría en Gestión de la Comunicación en las Organizaciones) en la EPC (Escuela de Posgrados en Comunicación) de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral.

 

 

 

 

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