| MADUREZ DEL AMOR MATRIMONIAL |
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Siempre me ha llamado la atención, el hecho de que aquellos cuentos de hadas, donde hay princesas rosadas y príncipes azules, terminan siempre el día de la boda. Creo, que esa imaginería ha creado en muchas personas, la idea de que el matrimonio es como una prolongación del noviazgo, de las ilusiones, del romanticismo, sin que allí quepa la vida real, donde esas ilusiones necesariamente se deben ir convirtiendo en realidades. No creo que haya que ser un gran analista, para intentar entender el por qué. El mundo de la ilusión, de los planes, del romanticismo a ultranza, pareciera no resistir la vida matrimonial. Dentro del marco de este Congreso, y con el apoyo de grandes maestros, hemos estado dando vueltas a la afectividad, al amor, a la educación para amar. Ahora, nos corresponde focalizar el amor matrimonial, no tanto desde su esencia o las formas de solucionar conflictos, todo eso ya ha sido tratado magistralmente. Pretendo ahora, que nos asomemos a la dinámica del amor, al hecho mismo de que los cónyuges, somos seres vivos, abiertos a adquirir perfecciones, porque no somos perfectos. 1. Enamoramiento en- amor in love. Si volvemos a los cuentos de hadas, encontramos que los enamorados contraen matrimonio casi simultáneamente al momento de su primer encuentro, bajo la fuerte emoción que ese encuentro les pudo producir. Ortega y Gasset, cuando describe el amor de enamoramiento, dice que se caracteriza por “dos ingredientes: el sentirse < Por otro lado, al haber encontrado un ser capaz de hacernos sentir de tal manera ilusionados, felices, queremos estar para siempre juntos, unidos. Ya el enamorado no concibe la vida sin el amado. Al respecto dice el Dr. Rojas: “Mi búsqueda llega por fin a su destino final: el encuentro amplio y variado con la persona a la que amo. Este es el punto al que quería llegar. Enamorarse es encontrarse a uno mismo en otra persona. Verse por fuera reflejado y encarnado en alguien concreto que ahora se vuelve singular y aparece con fuerza delante de mí, de mi camino, en mi trayectoria vital” . A partir de ese momento, la propia vida tiene sentido en, con y por el amado. No hubiera importado si la boda de nuestros príncipes hubiera tardado unos días o unos meses más. Lo que ahora nos interesa, más que la duración del noviazgo, es el hecho de que se casaron en la etapa del enamoramiento. Ortega nos invita a que hagamos de lado “los gestos románticos y reconozcamos en el < Jean Pierre y Carmencita de 28 y 19 años, se conocieron en Manizales. Ella empezaba la carrera de medicina, el un alto ejecutivo francés de una multinacional. Con solo verse, Cupido los unió de tal manera que ya no tenían ojos sino el uno para el otro. Su noviazgo estuvo hecho de buenos restaurantes, diversión, teatro, rumba, y pronto, comenzaron a tener trato sexual. La familia de ella consideró prudente alejarlos para que pudieran pensar las cosas mejor, y con la esperanza de que terminaran las relaciones sexuales. Ante esto, el propuso matrimonio, ella volvió y unos meses después se casaron. Los padres de ella les facilitaron un apartamento y continuaron pagando la carrera de su hija. Tres años después, piden ayuda: Ella se ha vuelto muy aburrida, no tiene la misma disponibilidad para fiestas y salidas. El no ve la importancia de mudarse a algo propio, o comprar algún mueble y menos a tener hijos, considera que eso lo ataría . En la mayoría de los casos “El amor auténtico y el falso se comportan – vistos desde lejos- con ademanes semejantes” , de ahí que sea tan difícil saber en qué momento, ese primer movimiento de la afectividad se convierte en un amor capaz de hacerse cargo de un proyecto matrimonial. 2. Amor: la instalación ontológica en el ser del otro, en el otro. Quisiera hablar del amor de la mano del profesor Julián Marías, quien señala que “Estar enamorado no significa tener unos determinados sentimientos referentes a otra persona. Es una determinación ontológica. En el ser mismo de la persona que ama va incluida la persona amada en cuanto tal, es decir, en ese modo concreto del amor (…). La persona amada forma rigurosamente parte de la vida del que ama, como un momento de su constitución ontológica, y sin ella, no se la puede entender. La persona enamorada, no se agota en sí misma, sino que trasciende e incluye a otra; y esta es una esencial posibilidad ontológica del hombre” Cuando se ama así, se ama a la persona, como un ser íntegro a cuya existencia me he ligado desde el momento en que la amo y para siempre. No es solamente un asunto de sentimientos amorosos en los cuales yo me siento encantada, los incluye, pero es mucho más, es un saber que la realidad que yo soy, está instalada en el ser del amado, y viceversa, ese amor entonces otorga sentido y plenitud a la propia vida. Por ello, “El amor –lo que es en verdad el amor- no se refiere a las cualidades, a los actos, mucho menos a los sentimientos de la persona amada, sino a su existencia (…). Y por eso también es posible que sobreviva a la persona amada, y entonces ésta pasa a formar parte del ser que ama en el modo concreto de la privación” . Cuando hemos amado a una persona que se nos ha ido, ella pervive en nosotros bajo la forma de los recuerdos, de los momentos compartidos, de lo construido conjuntamente, de sus enseñanzas, y los creyentes, tenemos además esa certeza del encuentro allende esta vida, y de podernos comunicar de una manera nueva, más permanente, y de poder contar con su intercesión ante Dios. “Cuando se está instalado en el amor, desde él se hacen muchas cosas, una de ellas amar. Esto lo expresa admirablemente nuestra lengua –y otras, pero no todas- con las palabras ‘enamorarse’, ‘enamorado’, ‘enamoramiento’, en todas las cuales aparece reveladoramente el ‘en’ que indica la instalación.”” Distingue Marías en el enamoramiento dos momentos, el primero se refiere al proceso por el cual llegamos a enamorarnos, al que me he referido en el anterior apartado; y el segundo se refiere al estado o situación de quien está enamorado, es a este segundo al cual se refiere con el concepto de instalación, se está en-amor el inglés utiliza un vocablo muy preciso: in love. De ahí que el verdadero amor no se puede dirigir a algunos de los componentes del ser, dejando de lado la totalidad, cuando se hace, sobrevienen los ‘fracasos’ amorosos y conyugales, los desencantos, el retirarse del compromiso que conlleva el matrimonio de buscar el bien del otro y la apertura y crianza de los hijos, situaciones a las que dolorosamente estamos asistiendo en gran número en los últimos años. Esto es así, porque si se toma como objeto del amor lo agradable, la belleza, lo que aparece a mis sentidos, a mis necesidades, lo que apela a mi afectividad o atrae mi condición sexuada, o aún aspectos más íntimos como sus conocimientos o sus principios, o su capacidad de acompañarme, su modo de ser, pero tomados aisladamente y no como parte integrante de una totalidad amada, en la que también caben otros aspectos, a veces menos agradables, como defectos del carácter, o se patentizan carencias que en un primer momento se ignoraban, o porque la salud y la belleza escasean, entonces, sobreviene la desilusión, a veces bajo la acusación del engaño: él/ ella me engañó, mostraba una cara amable cuando en realidad era un energúmeno, etc. Resulta triste pensar, que en un país como este, la misma ley que dice proteger la familia, y que la consagra como la célula fundamental de la sociedad, también contemple entre las causales de divorcio “Toda enfermedad o anormalidad grave e incurable, física o psíquica, de uno de los cónyuges, que ponga en peligro la salud mental o física del otro cónyuge e imposibilite la comunidad matrimonial” Código Civil Colombiano. Me gusta pensar en la vida matrimonial como en una travesía en un gran velero, que zarpa de puerto entre alborozos y esperanzas, en un día soleado, con buen viento y un par de tripulantes dispuestos a llegar a puerto. Tienen claridad inicial más o menos clara sobre el puerto al que quieren llegar, y mucho entusiasmo. Por la travesía, encontrarán gente maravillosa alguna de las cuales hará también del barco su propio hogar, verán paisajes hermosos, puertos soñados, encontrarán sol, lluvia, vientos de popa, pero también calma chica, tormentas, puertos menos agradables… En muchas ocasiones, no habrá más remedio que anclar y bajar las velas, en otros, habrá que remar duro para seguir la travesía y siempre, habrá que cuidar la tripulación y confirmar el camino. Cuando se va al matrimonio con un proyecto que se quiere sacar adelante unidos, con la firme intención de amar, de complacer, de compartir, de llegar juntos al puerto, entonces, dice el psiquiatra Aaron Beck que se patentizan ”las fuerzas que deberían mantener unida a una pareja. Amar y ser amado están, por cierto, entre las experiencias más ricas que pueden tener las personas. Agreguemos a éstas los otros productos colaterales de la relación: intimidad, compañerismos, aceptación, apoyo, por mencionar sólo unos pocos. Tenemos a alguien que nos consuela cuando estamos afligidos, que nos alienta cuando estamos desanimados y que comparte nuestras emociones cuando ocurren cosas buenas. Y está por añadidura la gratificación sexual que proporciona la naturaleza como aliciente especial para la pareja. Tampoco se puede subestimar la satisfacción de tener hijos y construir juntos una familia” . Si la persona ama con la totalidad de su ser, mantener ese amor requiere de acciones amorosas que lo alimenten, tales como comprender, acompañar, pensar en lo que el cónyuge necesita para colaborarle, a veces haciendo cosas por él, otras permitiendo que haga aquello que necesite o que acuda a las ayudas y asesorías pertinentes, otras veces convendrá conocer en aquello que le gusta para halagarlo, comprender y disculpar, esto iría en la línea del dar, pero también hay que cuidar la línea del recibir: apreciar lo que me da y comunicarlo, pedir lo que necesito y no estar esperando a ser adivinados, sino adelantarnos para después evitar un disgusto, escuchar, comprender. Esto requiere una actitud de apertura hacia el otro, que se nutre en los detalles y acciones de la vida cotidiana. “El amor conyugal requiere voluntad. Si bien no se produce así en el enamoramiento ni en los primeros momentos compartidos, es más adelante cuando aparece con toda claridad la necesidad y la importancia de hacer entrar en juego esta herramienta psicológica. ¿Por qué? Porque su presencia afirma y refuerza ese amor a través de una conquista diaria, tenaz, perseverante, llena de audacia. Hay que cultivar el amor día a día; si no, se evapora, se enfría, se pierde. El amor conyugal, como proyecto de vida en común, necesita de la voluntad. Voluntad supone querer, insistir, poner los medios adecuados para conseguir algo y superar dificultades de dentro y de fuera”. Creo que ese es el compromiso matrimonial, ser capaz de tomar la propia vida, una vida que imagino, que anticipo, que sueño, pero que no se cómo será, y entregarla al amado con la firme voluntad de ser y hacer lo mejor para él. ¿Pude haber una acción más grande de amor que entregar la propia vida, las actitudes, los deseos y propósitos de hacer feliz al amado? Qué miopes podemos ser cuando luego, enredamos ese maravilloso proyecto con un interminable memorial de agravios que se trae a colación con motivo o sin él, de forma lacerante, vengativa, sin ánimo de encontrar soluciones, de pasar la página, de perdonar. Aclara el doctor Rojas que “Comprometerse a amar a alguien es reservarle su vida afectiva. No hay amor auténtico si no existe un compromiso voluntario mediante el cual uno se hace cargo de cuidar y atender a la persona amada. El vínculo es lazo necesario de ese amor. Dar su palabra y ofrecerse. El amor es brindarse, invitar a proyectarse juntos, ofrecer lo que se es y lo que se tiene. El amor exige la libertad del amado, de ahí que revele un conflicto de la libertad” . La libertad capaz de asumir un compromiso de vida, como lo es el matrimonial, es capaz de romper el egocentrismo y comprende que la vida matrimonial es un compromiso gozoso y esforzado, que convoca a la totalidad de cada esposo para llevar juntos la nave a puerto. No será posible hacerlo si solamente participa del proyecto la sensibilidad y el disfrute. En el primer congreso de la familia, hice una disertación sobre el amor conyugal, que pretendía aclarar los distintos tipos de amor, y ofrecer pautas para clarificar las relaciones entre romanticismo y compromiso. Allí invitaba a los congresistas de aquel momento a comprender que la felicidad conyugal no es cuestión de momentos, o de romance, aunque mejor si lo hay, sino de una ferra voluntad que busca el bien del amado. El amor matrimonial es por su naturaleza recíproco, y permanente, yo me pregunto ¿podrá haber felicidad fuera de la cotidianidad? ¿Será viable una relación que sólo se nutre de momentos mágicos y olvida el servicio, el cuidado, cotidiano, opaco, que permite el encuentro y el crecimiento de los esposos y de su familia? Se requiere mirar juntos en la misma dirección y comprobar que el camino emprendido y recorrido lleve realmente a la felicidad conyugal y familiar, que los proyectos individuales no los alejen del camino o peor, los lleven a bajarse del barco y cancelar la travesía, si esto fuera así, entonces, al descubrirlo, deben los esposos estar dispuestos a rectificar el rumbo, a dejar lo que estorbe, y a incorporar lo que falte. Por esto, en necesario que los esposos también conozcan aquellos rasgos de su personalidad o de su quehacer que pueden obstaculizar el buen desarrollo de la relación para mejorarlos, por amor, no como una imposición externa que me quita libertad! Si ya entregamos la libertad! 3. Descubrir al amado más allá del romanticismo y la pasión. Decíamos al inicio, que el enamoramiento a menudo oculta la propia realidad y la del amado. “El alto grado de emoción y gratificación mutua, durante la primera etapa del enamoramiento, sirve a menudo como una especie de patrón por el cual las parejas juzgan las etapas posteriores de su matrimonio” . Es importante ir conociéndose mutuamente. Para esto es conveniente tener en cuenta que: 1, la persona posee una riqueza tal que no basta una vida para conocerla, 2, como la vida es dinámica, lo habitual es que uno vaya también cambiando y pasando por diversas edades y circunstancias que le van dando nuevas características. No somos como una foto. 3, la vida matrimonial también tiene sus edades, no es lo mismo un matrimonio joven en etapa de ajuste a la vida matrimonial, que una pareja con hijos pequeños, o una con chicos adolescentes, u otra que inicia o termina su etapa de crianza y se encuentra en situación de ‘nido vacío’. Tampoco reaccionamos igual en épocas de bonanza –económica, afectiva, de salud- que en épocas de pobreza, en momentos de cansancio, o de euforia, o de agotamiento, etc. Es normal que en ese largo trasegar, vayamos haciendo acopio de buenos y malos momentos, de alegrías y dolores, de situaciones más o menos complejas, que exijan una juventud de espíritu en los esposos que les permita aprender a adaptarse a los cambios. Por esto es importante comprender que habitualmente la llama de la pasión, que se suele presentar como un fuego abrasador, ha de transformarse en brasas que otorguen calidez y luz, que iluminen y mantengan vivo el amor. Cuando ese fuego devorador no se transforma, se corre el grave riesgo de consumir al amado, y de él sólo quede un palitroque negro, quemado, inservible, del que poco a poco hasta los buenos momentos vividos juntos se van desvaneciendo, para dejar patentes sólo las dificultades, el cansancio, la rutina. Mientras que cuando el amor se ha ido transformando en vida cotidiana, en detalles continuos de cuidado y de cariño, las brasas siguen ahí, calentando, iluminando y con nuevos vientos, también se encienden en pasión y romance. “ “El amor transforma mi realidad pasada y presente, pero sobre todo ilumina mi futuro”. (Pág. 70) AB Somos seres furturizos, orientados vital y existencialmente hacia delante, y el pasado gravita sobre el presente en forma de experiencia acumulada. Si ese presente y ese pasado se viven sin una clara dirección, corremos el riesgo de que se vuelvan fardos imposible de cargar. Ante el pasado debemos reconocer la experiencia acumulada, su debe y su haber para poder con ese legado construir futuro. Ortega señalaba que “¡Nuestra vida está hecha con la trama de nuestros sueños!” . Henry Ford consideraba que un hombre pobre no era aquel que no tuviera dinero, sino el que no tuviera un sueño por el cual vivir. No podemos estar en la familia sin proyectos, sin sueños e ilusiones, no podemos caer en la actitud de quien lo da todo por visto, de quien se conforma con ir pasando, con un presente anodino sin fuerza argumental que tire de él y de los suyos hacia mejores horizontes. 4. Casarse bien, es una lotería A menudo se escucha decir que el matrimonio es una lotería, o uno se apunta al número ganador o está condenado al fracaso. En mi opinión, esto no es del todo cierto, o mejor dicho, es casi totalmente falso. La única suerte fue la de conocer una persona con quien empezamos una amistad, un enamoramiento. A partir de ahí, habrá que conocerse, tratarse, ayudarse y lograr unos cauces adecuados para consolidar la relación. La felicidad conyugal es el proyecto de vida, no se trata de un golpe de suerte, sino de un trabajo en el sentido más maravilloso de la palabra. Cuando esa unión conyugal se rompe, sería absurdo culpar al destino. Es importante analizar las actitudes que en cada uno de los esposos favorecen o dificultan esa unión. Considero que las grandes herramientas para culminar el propósito inicial, haciendo frente a los malos vientos y las turbulencias que puedan amenazar con hundirlo son unos principios compartidos, unas actitudes que favorezcan el desarrollo de ese plan común, y unas buenas habilidades comunicativas que permitan realmente hacer común lo propio, compartir, consolidar la unión. El profesor David Isaacs, de la Universidad de Navarra y gran colaborador del Instituto de la Familia de la Sabana, en su libro Dinámica de la comunicación en el Matrimonio señala algunas actitudes que favorecen la realización de ese proyecto:
5. Comunicación Sobre comunicación se ha dicho y escrito mucho y muy bueno. Pero no querría terminar mi intervención sin señalar algunas pautas que la pueden favorecer. En nuestro libro La felicidad conyugal un proyecto de vida, hay un capítulo sobre el tema, por lo que intentaré abordar nuevos aspectos. Para hacerlo quisiera en esta ocasión hacerlo de la mano del Dr. Aaron T. Beck, profesor de psiquiatría de la Universidad de Pennsylvania y autor de numerosos libros, entre los cuales destaco Con el amor no basta, allí asegura que: “Cuando ocurren los conflictos, a menudo por una mala comunicación, los cónyuges parecen estar más dispuestos a acusarse mutuamente que a pensar en el conflicto como en un problema que puede solucionarse. A medida que surgen las dificultades y proliferan las hostilidades y los malentendidos, los cónyuges pierden de vista aquellos aspectos positivos que su pareja les aporta y representa, es decir, alguien que los apoya, que realza sus experiencias, que comparte la construcción de una familia. En última instancia, llegan a dudar de la propia relación y pierden así la oportunidad de desenredar los nudos que deforman el mutuo entendimiento” . Permanentemente hay que volver a recordar aquello que los llevó a contraer matrimonio y entender que para cumplir con una misión, la que sea, hay que estar dispuestos a renunciar a aquello que nos aleje de la meta. Puede haber dificultades externas, pero también internas que nos lleven a olvidar la misión. Conviene cuidar de no dar tanta importancia a la eficacia que se descuide la relación conyugal o la paterno filial. Es cierto que para sacar adelante un hogar, se deben realizar muchas cosas: conseguir los medios económicos, mantener una casa, cuidar la alimentación y la salud, educar a los hijos y además atender a las propias relaciones familiares, de trabajo o amistad. Todo ello, puede hacernos creer que eso es lo importante, y no es así, todo eso es importante con carácter medial, lo que verdaderamente importa, son las personas mi entender, las dos más inmediatas son: por un lado, renunciar a la dispersión, ya que si se tocan demasiadas teclas será difícil que se haga bien y con profundidad; tener tantos objetivos como el< Querría retomar varios aspectos: la pérdida del horizonte, al nublarse el proyecto porque surgen malentendidos, dificultades, problemas externos e internos a la misma relación, resulta difícil seguir imaginando un futuro juntos y la memoria pierde la capacidad de centrarse en los sueños compartidos, en las cosas buenas que se han vivido y construido, para centrar la atención en las dificultades y dolores presentes, hurgando en el pasado razones que justifiquen y aumenten el malestar. Como resultado, se enfrenta el conflicto bajo el prisma de las acusaciones, de buscar culpables, de justificar las propias actitudes negativas, no se ven los problemas como situaciones a resolver. Lógicamente esto dificulta enormemente la búsqueda de soluciones, y llega a empantanar de tal modo la afectividad que se cree firmemente imposible reconstruir la vida en común. Es fundamental que los esposos comprendan que en la base de muchos conflictos existen malentendidos debidos a diferentes perspectivas, a su historia personal, a hábitos adquiridos desde la niñez, y que no deben ser interpretados como maldad, egoísmo, desamor, sino como situaciones hasta entonces desconocidas y que deben aprender a manejar. Ese amor, no puede convertir en una búsqueda frenética de felicidad, esta, cuando es buscada por sí misma suele ser esquiva, y menos considerar al cónyuge como la única fuente de felicidad posible. Esto sería empobrecer la relación, y pedirle imposibles a un ser humano. Por eso, es necesario que los esposos tengan otras fuentes de crecimiento y satisfacción como el trabajo, el estudio, la crianza de los hijos, las amistades, y sobre todo Dios. Es Él quien puede dar sentido pleno a la vida, en las buenas y en las malas, quien puede ser realmente un espejo en el que miremos nuestras acciones e intenciones para rectificar los propios errores, es el mejor modelo de amor, comprensión y perdón. Si la relación no es capaz de trascender el plano sensible y trascender, antes o después convierte al otro en una simple fuente de autosatisfacción, lo cosifica utilizándolo en provecho propio y desconociendo su ser personal. En esta línea del trascender, es importante que los esposos tengan proyectos comunes, no me refiero en este momento a una planeación de metas individuales o egocéntricas como: en tal año compramos casa, en tal otro hacemos un viaje por Europa, o nos vamos a hacer un master, después cambiamos el carro, entonces ya habremos disfrutado la vida y podremos encargar un hijo antes de hacernos muy mayores y se pueda complicar… ¡No! Me refiero a planes que les permitan abrirse a los demás, primero a los hijos, misión principal de esta apertura, y luego a apoyar a otros, a comprender que el sentido último de la vida y del matrimonio nos trasciende, está más allá de nosotros mismos. Hoy estamos presenciando generación caracterizada por el síndrome de Peter Pan, viviendo en la tierra de Nunca jamás, educada para el éxito, para el disfrute, que entiende la libertad como no tener ataduras o asumir compromisos. Estas condiciones personales hacen difícil sacar adelante una relación estable. Beck señala la existencia de “cualidades especiales como compromiso, sensibilidad, generosidad, consideración, lealtad, responsabilidad, confiabilidad, que son determinantes para una relación feliz. Los cónyuges deben cooperar, transigir y proceder con decisiones solidarias. Deben saber adaptarse, reconocer errores y perdonar. Tienen que ser tolerantes con los defectos, errores y rasgos particulares del otro. Si se cultivan esas “virtudes” durante cierto período, el matrimonio se desarrolla y madura” . Estas virtudes son propias de personas maduras, preparadas para entablar relaciones maduras. 6. DESAVENIENCIAS Cuando aparecen las desavenencias, conviene conocer algunos factores que pueden agravar el conflicto porque suscitan reacciones negativas:
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