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Por Mariángeles Castro Sánchez*

Ser mujer es hoy una cuestión compleja y plena de tensiones. Quizá más que nunca en la historia. Transitamos un punto de inflexión, un cambio de paradigma que nos coloca en un pie de igualdad con el varón en materia de dignidad y derechos, pero al mismo tiempo se nos reconoce diversas y se exalta la riqueza de esa alteridad.

Es claro que ser mujer es un continuo y una evolución, un ser y un devenir que se expresa en la conjunción de naturaleza y cultura. A ser mujer se aprende día tras día en un despliegue que no cesa, porque es un ejercicio que se consolida en la práctica y se alimenta de la experiencia. Se aprende a ser mujer de la mano de otros, que sirven de plataforma para cada proceso individual y personalísimo de desarrollo de esa conciencia femenina. Y en este marco, comprender y asumir la femineidad implica en todos los casos desprenderse de mitos y preconceptos profundamente arraigados y disponerse a aprender a aprender a lo largo de la vida.

Sabemos que la educación es relación humana y actividad, apertura e intimidad; de ahí que en todo acto educativo pongamos en juego nuestras inteligencias inter e intrapersonal. En este entendimiento, educar el ser mujer es tanto una tarea conjunta de los agentes que intervienen en el trayecto formativo y socializador primario, fundamentalmente padres y docentes, como su correlato reflexivo, vuelto hacia el interior del sujeto, que lo lleva a descubrir las propias cualidades y potencialidades. Al fin y al cabo, la educación comporta siempre un doble movimiento: extraer y moldear, dar y recibir.

Lo anterior nos lleva a pensar de qué manera puede verse influenciado nuestro modo de ser mujer y de manifestarnos a partir de los deseos y expectativas que los demás tienen puestos sobre nosotras. El mito griego de Galatea y Pigmalión, rey que esculpe su ideal de mujer y vive enamorado de su creación hasta que esta finalmente cobra vida, nos advierte respecto de las expectativas sociales, la rigidez de los roles y la firmeza de los mandatos que todavía persisten en las diferentes representaciones del ser femenino. Y, paradójicamente, para trascender las miradas sesgadas y librar de estereotipos los discursos y las acciones, la herramienta más contundente sigue siendo la educación. Una educación que empodere y permita finalmente romper ese efecto Pigmalión a partir de la manifestación de identidades femeninas genuinas, más allá de lo que se espere de cada una de nosotras.

Los cuatro pilares del informe Delors a la UNESCO sobre la educación para el siglo XXI, formulados allá por los noventa, mantienen intacta su vigencia hoy. Tanto es así que una educación integral del ser mujer se ve también recorrida por estos principios: aprender a conocer, aprender a hacer, aprender a vivir con los demás y aprender a ser.

Aprender a conocer la historia de nuestras luchas y conquistas, y poner de relieve nuestro modo especial de ser y estar en el mundo. Valorándolo y comprendiéndolo en su profundidad y especificidad.

Aprender a hacer desde ese ser mujer, con la particular modalidad de gestión atravesada por el componente genético y legado genérico. Conocer cómo opera y crea ese ser mujer y plasmarlo en obras concretas.

Aprender a vivir con los demás, a gozar de la diversidad empatizando y descubriendo su valor, en una vivencia inclusiva que nos aliente a complementar nuestras fortalezas y potenciarlas a través del encuentro.

Finalmente, el aprender a ser sintetiza los puntos precedentes. Porque solo se es conociendo, haciendo y conviviendo. Y esto traduce quizás el mayor de los retos: el aprendizaje del ser mujer que viene de la mano de una conciencia expandida sobre nuestro lugar en las sociedades de hoy, nuestra acción creativa en ellas y nuestra habilidad para ser con otros -y en referencia a esos otros, iguales, pero distintos- en armónica coexistencia.

*Directora de la Licenciatura en Orientación Familiar del Instituto de Ciencias para la Familia de la Universidad Austral.

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