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Por Graciela Cian*

Un hecho histórico, amalgamado con lo que la tradición oral transformó en leyenda, dieron origen a la celebración de San Valentín o del día de los enamorados. Lo histórico en este caso, es que un 14 de febrero a fines del siglo III, un médico romano llamado Valentín, consagrado sacerdote, fue condenado a muerte por orden del emperador Claudio II. Lo legendario en esta historia, nos da cuenta de que el entonces sacerdote Valentín, en secreto confería el matrimonio a todos los soldados que querían casarse, hecho que había sido prohibido por el emperador ya que decía que los soldados solteros rendían más en la guerra, a la cual iban con mayor ánimo por estar libres del vínculo sentimental propio de uno casado.  La desobediencia, fue el motivo de la condena y martirio del futuro San Valentín. También fue el motivo de su trascendencia.

Ni la guerra ni la prohibición de un emperador podían separar a los verdaderos amantes, por eso Valentín los casaba.  Más de XVII siglos pasaron desde entonces y los enamorados de hoy corren el riesgo de caer en la tentación de vivir esta fecha como enamorados virtuales, al compás de los tiempos que corren. Aunque exista entre ellos un sentimiento sincero que los vincule, la avasalladora intrusión de los mandatos del consumismo y el hedonismo puede hacer que dicha realidad no encuentre las condiciones básicas para que prospere como lo exige un amor real.

Creativos regalos, y románticos encuentros amorosos esquivan poner de manifiesto en este día todo aquello que hace virtuoso al amor. Los amantes reales son aquellos que se aceptan como diferentes y, en la cotidianeidad de su trabajo, comprometen con pasión sus voluntades para crecer personalmente y hacer crecer así a la pareja. Son los que en el mutuo perdón fortalecen y purifican el amor que se tienen. Son los que se entregan sin reservas, sin mezquindades, totalmente, en cuerpo y alma. Son aquellos que, en el siglo III y en el XXI también, describía Tertuliano (pensador contemporáneo de Valentín) a su esposa, en una bellísima carta: “…se enseñan el uno al otro, se animan el uno al otro, se fortalecen el uno al otro. Codo a codo afrontan las dificultades […]. Nunca el uno le trae pesar al corazón del otro […] son uno en la esperanza, uno en el deseo, uno en la forma de vivir que siguen…”.

Dos que se aman, se hacen uno. Y si se aman haciéndose uno en la carne, ¡también lo hacen en el espíritu! Este componente no debería estar ausente en la celebración del día del amor porque, aunque cueste en nuestros días reconocerlo, y en consecuencia vivirlo de ese modo, las personas tenemos una dimensión espiritual, además de la biológica-intelectual y de la afectivo-psicológica. Cuando es tal la comunión entre los que ya no son dos, sino uno, la exclusividad y la indisolubilidad son sus genuinas manifestaciones. Para esos tales, todos y cada uno de los días suman una nueva conquista de enamorados hasta que, solo la muerte, los separe. Entonces sí, festejar el 14 de febrero de manera especial, adquiriría para los amantes su más hondo significado.

*Profesora del Instituto de Ciencias para la Familia.

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