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Por: Fernando Ruiz*

Cuando tantos periodistas se sienten políticos y jueces, quedan menos para hacer el trabajo, y nos falta la información para entender los qué, quién, dónde, cómo, cuándo y por qué.

El derecho a saber es el valor fundante del periodismo en una democracia, y su núcleo es que las políticas públicas tienen que ser explicadas a todos los ciudadanos.

Ese derecho a saber es una evolución del anterior derecho a la información. No se necesita solo dar información a los ciudadanos, sino hacerlo en una forma que sea comprensible. Y esa es la brújula principal para un periodista.

Los gobiernos no tienen que ser solo visibles, sino que hay que hacerlos comprensibles, como dice Pierre Rosanvallon.

Además, los periodistas no son ciudadanos más comprometidos si se convierten en barrabravas en las redes, sino si hacen mejor su trabajo. Hoy y siempre el más democrático es el más profesional. La pista de hielo digital, donde la conversación se desliza a toda velocidad, requiere periodistas creíbles, y no opinadores seriales.

Explicar es uno de los desafíos, el otro es la violencia.

El periodista es un militante de la antiviolencia, pues se sabe que es un veneno mortal para la democracia.

Y hay grupos políticos que juegan a la violencia en la calle y luego recorren los canales.

Si los medios van a ser una plataforma acrítica para el lanzamiento de discursos violentos, un periodista se convierte en un micrófono. Eso no es un trabajo. Para eso no se necesita un profesional. Y, en la actualidad digital, todo lo que es redundante desaparece.

Las imágenes de ayer son una foto perfecta del estado de nuestra conversación pública, y sabemos que nuestro desarrollo también depende de cómo hablamos entre nosotros.

El desarrollo de un país no es solo un conjunto de medidas técnicas, sino que es en gran medida un estilo de conversación de los asuntos públicos.

*Profesor de Periodismo y Democracia de la Facultad de Comunicación.

Fuente: Perfil

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