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Por: Verónica Toller

La violencia contra las mujeres es una violación de los derechos humanos y de numerosas normativas internacionales, relegadas a un papel ornamental. “Argentina está en emergencia por violencia de género”, dijo en julio del año pasado la jueza de la Corte Suprema de Justicia, Elena Highton. Hay “machismo” en el Poder Judicial, apuntó, que lleva a una “liberación temprana” de muchos acusados de violencia doméstica. Las cifras de la Oficina de la Mujer de dicha Corte mostraron 714 femicidios en el país entre 2014 y 2016. Más que en la ciudad más violenta del violento México. Nos faltan políticas preventivas y educativas, anotó Highton; más refugios para las víctimas y centros de asistencia.
Hoy, la violencia contra la mujer se llama maltrato doméstico (físico, económico, verbal, psicológico), trata sexual, prostitución forzada, femicidios, violaciones, acoso sexual y laboral en razón del género, matrimonios forzados, menor remuneración para la mujer a igual trabajo realizado por el varón. En la base se encuentra siempre la misma concepción: vale menos porque es mujer.

“Si sale a las 5 de la mañana sola del boliche y en minifalda, cómo quiere que no le pase nada…” El lenguaje es el instrumento de la inteligencia, decía Alex Grijelmo. Cada palabra tiene detrás un concepto, una representación del mundo. El “algo habrán hecho” aparece disfrazado en coberturas de prensa y en interrogatorios policiales. “Las actitudes de la policía, los hospitales y la Justicia hacia las sobrevivientes de violencia sexual en Argentina muchas veces las revictimizan”, afirmó en marzo el Informe Global sobre Derechos Humanos, elaborado por el Departamento de Estado de los Estados Unidos. Urge “capacitar a los funcionarios encargados de hacer cumplir la ley para proteger a las sobrevivientes”, declaró, así como “reforzar las medidas contra los agresores”.
Cuando una mujer va a denunciar, todavía tiene oportunidad de salvarse. Sin embargo, muchas veces escucha: “¿Estás segura? ¿Y vos qué hiciste para que él te pegara…?” Según el Registro Nacional de Femicidios de la Corte Suprema, dos de cada diez mujeres asesinadas en Argentina habían presentado denuncias por violencia de género.

Durante siglos, un lenguaje masculinizante y cotidiano ha ido sembrando una visión de la mujer como objeto poseíble. “Penetración” es sinónimo del acto sexual (aunque la mujer también participa pero no penetra), “soy tuya”, “sos mía”, “te voy a poseer”, “sé buena chica”, “te cela porque te quiere”… Las palabras no son inocentes ni impunes, como dijo Saramago. Tienen ADN, compuesto de interpretaciones, y se repiten con intencionalidad. “Pobrecita, era tan buena chica…” ¿Es decir que hay otras víctimas que no son tan buenas y se lo merecen?

“Calculamos un alcance de setenta personas dañadas por cada femicidio”, afirmó Mariana Broggi, coordinadora del Consejo entrerriano de Prevención de la Violencia, durante un panel organizado por la Universidad de Concepción del Uruguay y la Fundación Micaela García. Participó allí Andrea Lescano, la mamá de Micaela, la joven violada, asesinada y abandonada en un descampado en Gualeguay en abril pasado.

Andrea podría estar gritando. Pero habla serena y con voz que marca territorio. Podría haber tomado un arma y cumplir el ojo por ojo. Pero dejó actuar a la Justicia y ahora trabaja para prevenir. Podría estar encerrada en su cuarto. Pero creó junto a su esposo una fundación para cumplir los sueños de cambio social de su hija.

El violador y asesino de Micaela es uno de los “liberados temprano” que señaló Highton. Porque un juez le dio libertad condicional a pesar de estar condenado por abusos sexuales y violación. Andrea también es su víctima. Pero es, sobre todo, un alegato de fortaleza posible frente a su victimario.

Autora: Periodista y profesora de la Facultad de Derecho.

Fuente: Perfil

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