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Maria_Montserrat2Por: María Inés Montserrat

Una vez más constatamos que las escuelas se han convertido en una caja de resonancia de las problemáticas sociales. Como tales, la misma comunidad les exige que ofrezcan solución a todos los problemas que el Estado, las organizaciones y las mismas familias no logran resolver. Desde campañas de educación vial, promoción de valores cívicos, prevención de la violencia, higiene bucal o el cuidado del medioambiente. Paradójicamente, mientras la escuela intenta con sus limitados recursos dar respuesta a una multitud de exigencias, en nuestro país cada vez se aleja más de su objetivo específico: el aprendizaje. Todos los temas pretenden ser abordados en las aulas, pero cada vez la lectoescritura y la habilidad de razonamiento lógico-matemático resulta más frágil y deficitaria.

Si bien la escuela no debería renunciar o relegar su misión, tampoco puede aislarse de la realidad en la cual están inmersos sus actores. Por el contrario, anhela facilitar la construcción de un mejor contexto.
Como ya lo ha dicho Pedro Luis Barcia – a la sazón distinguido por el Senado con la mención de honor “Faustino D. Sarmiento” – contribuir a formar ciudadanos capaces de vivir en democracia requiere escuelas que enseñen a dialogar. Si los niños y los jóvenes no cuentan con las habilidades comunicacionales para expresarse, argumentar y dialogar no hay lugar para el debate de ideas. Tan solo queda la confrontación y la violencia. Cuando las propias convicciones no pueden sostenerse por la palabra y la argumentación, solo resta imponerlas con el recurso de la fuerza y la agresión.
En el momento que la escuela se convierte en un nuevo campo de batalla de una sociedad agrietada e intolerante, difícilmente podrá responder a las demandas de un país democrático.
La democracia exige aulas donde el diálogo y el respeto por las minorías se respire habitualmente, sin que ningún niño deba ser estigmatizado por la profesión, el origen o el apellido de sus padres. Requiere maestros y profesores capaces de no etiquetar colectivos y superar prejuicios socialmente instalados.
Deseamos una escuela que enseñe a vivir en democracia pero nos hemos resignado ante diseños curriculares que suprimieron sin mayor reflexión la enseñanza de la Constitución Nacional. Los adolescentes mayores de 16 años pueden votar legisladores, pero en su gran mayoría ignoran qué representa el Senado y a quiénes la cámara de Diputados. Si hilamos más fino y preguntamos qué es el habeas corpus, o cuál es el criterio de renovación de cada Cámara, podemos sufrir una fuerte desilusión. No faltará quien justifique que son contenidos al alcance de todos con solo cliquear en la web. Pero el contacto con jóvenes votantes demuestra que no todos han podido comprender las categorías de la boleta electoral y el mecanismo de las PASO.
Quizás hemos superado la memorización del preámbulo, y junto con esa práctica decimonónica descartamos contenidos que por lo menos deberíamos reflexionar si no merecen recuperar un espacio en la currícula. ¿Acaso nos animamos a considerar superfluo comprender el sentido y el origen de la división de poderes y los mecanismos de control entre ellos?
Sin duda, la escuela es la caja de resonancia de una sociedad que quiere ser democrática, pero en la que aún perviven las tensiones de una historia signada por el caudillismo y heridas abiertas de un pasado no tan lejano.

Fuente: Perfil.com

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