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s200_mari_ngeles.castro_s_nchezPor:  Mariángeles Castro Sánchez

En vísperas del Día del Padre, presentar algunas líneas de análisis sobre el ejercicio actual de la paternidad se nos anuncia no sólo como una práctica interesante, sino como un examen necesario.

En primer término, corresponde asumir que el modelo tradicional del padre ejecutor de la ley y transmisor de la cultura, de un padre severo e implacable, cuya autoridad no se encuentra cuestionada, y de un padre que impone férreamente disciplina desde una lejanía emocional está en vías de extinción. O extinto ya.

Es claro que la asociación de determinadas funciones parentales con los roles materno y paterno son un producto social e histórico. No obstante, admitamos que la maternidad, sobre la base de sus propias notas biológicas, ha estado sobreestimada en lo que a crianza de los hijos se refiere, concentrando siempre la mayor demanda.
Lo cierto es que el ámbito de lo privado fue el espacio propio de las mujeres madres hasta hace poco tiempo atrás. Hoy, dispuestas a ganar terreno público, se descubren reticentes a ceder algo del doméstico que por tradición les perteneció, en favor de un saludable complemento.
Como contracara de este proceso, el rol paterno ha sufrido también profundas modificaciones, centradas en la posibilidad de una implicación afectiva abierta del padre con la prole, de una mayor cercanía intergeneracional y de la asunción de funciones otrora consideradas femeninas.

Pero este ingreso de los padres al universo íntimo y emocional de los hijos tiene como correlato inevitable una resignificación de las funciones maternas, con vistas a un acomodamiento mutuo que otorgue un nuevo punto de equilibrio al sistema.

Tiempo de transición

Este estado de cosas es, a nuestro entender, producto de un período transicional que coloca a la paternidad en un punto híbrido. Y esta mixtura nos devuelve imágenes desdibujadas, difusas y fragmentadas de los padres en ejercicio de su rol.

Sus atributos tradicionales –límites, normas, valores, sustento económico– tambalean en nuestras sociedades actuales y su presunto colapso está arrastrando consigo a una paternidad que pugna por reconvertirse. Nos debatimos entre la desatención de la figura paterna y una exaltación de su costado blando, al tiempo que evitamos hablar de pautas, del deber ser y del ejercicio de la autoridad.

La palabra “crisis” se instaló con fuerza y abarca diferentes dimensiones que afectan a los padres en su percepción sobre sí mismos, sobre su lugar en la familia y en el mundo, sobre la posibilidad de hacerse cargo de las funciones de abastecimiento material y sobre los valores y modelos por transmitir.

La clave estará en respetar los estilos de actuación paternos, que son masculinos y complementarios a los de las madres, más allá de las dominantes de la época. Estará en superar estereotipos para adentrarnos en la empresa más valiosa, pero también la más ardua: formar seres independientes y autónomos. Porque la paternidad dada y la recibida constituyen hitos vitales que ligan con un otro de manera definitiva, que recogen nuestra estirpe y la proyectan hacia el futuro.

Será preciso, entonces, rescatar el valor inconmensurable de la figura paterna por encima de las tendencias y los mandatos sociales. Su rol, inescindible del materno, reivindica su presencia como garantía de riqueza, de alteridad y de diversidad en el seno familiar.

Su realidad diferenciada, que asume de manera adaptativa funciones intercambiables, nos recuerda que la paternidad no es un sucedáneo de la maternidad, sino su puntal y fundamento, su complemento, su encaje y razón de ser. Y que los hijos se nutren de esta amalgama intacta de roles y funciones, sabiamente distribuidos y generosamente asumidos.

 

Fuente: La Voz

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