Compartir

DSC_1039-200x300Por: Sebastián Blasco

Viernes, 21 de junio de 2013. Avellaneda. Aquella noche fría de invierno, Racing se impuso por tres tantos contra cero frente a Unión de Santa Fe, cerrando su participación el en torneo local. Hasta aquí lo relativo al escenario deportivo. Sin embargo, esa jornada es recordada por otro hecho, de mayor trascendencia, frente a los ojos del mundo del fútbol. Esa noche se festejó el descenso del eterno “¿enemigo?” del cuadro albiceleste, Independiente. Se organizó una marcha fúnebre con la complicidad de hinchas y dirigentes.

Este tipo de situaciones, forman parte de nuestro fútbol, del ingenio popular que nos enorgullece, de la cultura del honor, del folklore del deporte que lo vuelve tan colorido, apasionante y atractivo. Pero cabe reflexionar: ¿no se ha convertido acaso el folklore del fútbol en una excusa para avalar situaciones de violencia, menosprecio, en detrimento de la persona humana?

Pasaron exactamente 4 años del aquel suceso, pero evidentemente no nos dejó un aprendizaje, el escenario no ha cambiado mucho. Boca se ha consagrado como un justo campeón del fútbol argentino. Lo que debería despertar alegría por el objetivo conseguido, el logro deportivo, se ha convertido en motivo de burla, de cargadas y chicanas en la comparación con un otro. ¿Por qué nos cuesta tanto disfrutar del propio triunfo? ¿Por qué nos alegramos con la frustración ajena? ¿Cómo podemos pensar siquiera en la posibilidad de mostrar otro camino, cuando son los propios jugadores y dirigentes quienes promueven estas situaciones?

El festejo de los jugadores de Boca con cánticos, insultos, sábanas, fantasmas de por medio, podría ser pasado por alto, visto como un hecho menor que responde al comportamiento usual del hincha argentino. Analizado desde su contexto, es un episodio más. Responde a la “normalidad” de nuestro fútbol. He aquí un punto crítico. Hemos perdido de vista que lo que sucedió anoche, o lo que ocurre semanalmente en nuestras tribunas, debe ser contemplado desde otra mirada.

Permanentemente caemos en la tentación de relativizar estos actos de violencia porque los incluimos dentro de la lógica del deporte. Pero esta concepción es insuficiente. Debemos evaluar estas conductas desde una perspectiva humana. Cabe aclarar que lo mencionado hasta aquí no responde solamente a Racing, a Boca, sino que es una variable que se presenta en todo nuestro fútbol y que nos representa como sociedad.

Sería muy fácil recaer toda la culpa sobre los jugadores. Por supuesto que son responsables en su rol de modelos de identificación para gran parte de la población. Estemos de acuerdo o no, ocupan un lugar destacado en la sociedad y ese don conlleva una mayor responsabilidad. Sin embargo, el análisis debe ser más amplio. Hinchas, políticos, dirigentes, entrenadores, periodistas, son parte de la causalidad de la violencia en el deporte. Desde todos los estratos nos hacen creer que los partidos son “de vida o muerte”, donde lo único que se consigue es alimentar un clima de hostilidad. La violencia genera violencia.

Luego todos nos escandalizamos y angustiamos frente a hechos de violencia o muertes de hinchas en nuestros estadios. Esperamos soluciones mágicas, respuestas inmediatas sin ningún tipo de medida para conseguirlo. Viciados por lo discursivo del fútbol, atribuimos la responsabilidad de nuestros males y pesares afuera. Y no nos damos cuenta que todos somos responsables. Emulando un concepto de una frase acuñada por Einstein, lo único necesario para que se impongan este tipo de situaciones que presentan disvalores, es que los valores no se impongan, no hacer nada. Y esa es nuestra responsabilidad: felicitar a un rival cuando gana, aplaudir un título ajeno y no darle la espalda, condenar los actos de vandalismo. De eso depende parte del cambio positivo.

Como bien retrata el personaje Pablo Sandoval –personificado por Guillermo Francella- en el film El secreto de sus ojos, el fútbol despierta pasiones que la lógica no comprende. “El tipo puede cambiar de todo. De cara, de casa, de familia, de novia, de religión, de Dios. Pero hay una cosa que no puede: no puede cambiar de pasión…”. Sin embargo, más allá de vivenciar al fútbol desde lo más pasional e instintivo, tenemos el gran desafío de poder disfrutarlo siendo responsables, tomando conciencia de lo que decimos y hacemos, actuando como agentes de cambio positivo. ¿Difícil? Tal vez, ¿Imposible? No lo creo, es un partido que tenemos que comenzar a jugar.

Fuente: Télam

Compartir
La Universidad Austral está entre las principales universidades del mundo con menos de 50 años y entre las más prestigiosas de América Latina, según QS World University Rankings.