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Universidad-Austral-facultad-derecho-fallecimiento-juez-antonin-scaliaPor Jeffrey A. Tucker *

* Traducción de Fernando M. Toller. Publicado con autorización del autor. Originalmente en Foundation for Economic Education, 13 de febrero de 2016, fee.org/articles/justice-scalia-s-great-heart/
Publicado en el Diario El Derecho, 4/03/2016, página 8.

Compartí algunas de las decisiones del Juez Antonin Scalia, y con algunas estuve en desacuerdo. Pero ni una vez he dudado de la sinceridad de sus creencias.

Ahora que él se ha ido de esta tierra, puedo contar una historia que he mantenido dentro de mí por muchos años, una escena que me tocó profundamente. No puedo pensar en él sin recordar ese momento.

Era un mediodía de primavera hace algunos años, y él había estado participando de una ceremonia en la iglesia. Estaba sentado en uno de los largos bancos, sosteniendo en sus manos su libro de oraciones. La misa había terminado y la mayoría de la gente se había ido. Él se había quedado diciendo oraciones, solo en el banco de la iglesia.

Finalmente, se levantó y comenzó a caminar hacia la salida. No había periodistas ni nadie mirando. Sólo se encontraba una mujer que había participado en la misma ceremonia. Ella no tenía idea de quién era él. Soy testigo, y estoy seguro de que él no sabía que yo estaba allí.

En esa mujer había algo un tanto inusual: tenía llagas extendidas en su cara y sus manos. Eran úlceras abiertas. Tenía algún padecimiento, y no sólo físicamente. Ella se comportaba extrañamente; era de esas personas perturbadas que uno se encuentra en las grandes ciudades y de las cuales se aleja rápidamente. Una persona a evitar y ciertamente a la que nunca tocar.

Por la razón que fuere, ella caminó hacia el Juez Scalia, que estaba solo. Él tomó sus manos, aunque estaban llenas de llagas. Ella se inclinó para decir algo, y comenzó a llorar.

El mantuvo su cara cerca de la suya, y ella le habló entre lágrimas, que iban corriendo por el traje del hombre. Él no se movió. No intentó apartarse. Sólo la sostenía mientras ella hablaba. Esto duró quizá más que cinco minutos. El cerró sus ojos mientras ella hablaba, apretando su espalda con su mano.

No retrocedió. Estaba parado ahí con convicción. Y amor.

No había cámaras ni otros observadores más que yo, y él no tenía idea de que yo estaba ahí.

Finamente, ella terminó. Lo que él le dijo la confortó, y la hizo recuperar la compostura. Ella se separó, lista para irse. Él sostuvo sus manos ásperas, llenas de heridas, y tuvo algunas palabras finales que no pude escuchar. Le dio algún dinero.

Y luego ella se alejó.

Entonces, él se retiró, cruzando el césped verde, hacia el edificio de la Corte Suprema, solo. Estaba probablemente preparándose para una tarde de trabajo.

Yo me quedé rígido, sorprendido. Aquí tenemos a uno de los hombres más poderosos de Washington, una estrella bajo cualquier punto de vista. Las cámaras lo seguían por todos lados. Ese tipo de atención podría llevar a uno a comenzar a creer que su vida es una actuación.

No fue así en el caso del Juez Scalia. Lo que vi ese día fue a un hombre humilde, un hombre compasivo, un hombre que creía en el poder del contacto personal. Esta fue la acción de un hombre en verdad de principios y carácter. En esa acción, no buscaba crédito ni atención. Solamente estaba haciendo algo humano y hermoso a la vez. […]

No he contado esta historia hasta ahora, simplemente porque he sabido de modo acabado que él nunca buscó el reconocimiento público por su caridad. La caridad es simplemente una forma de amor, y el amor genuino no busca el reconocimiento público.

Con esa sola acción él tocó no sólo la vida de esa mujer, sino la mía también. Y apenas logro imaginar cuántos otros ejemplos podrían enumerar sus amigos.

Fue un hombre bueno. Es rarísimo para un hombre con sus cualidades obtener el alto nivel de influencia y de poder que logró en el transcurso de su vida.

Lord Acton tenía un dicho sobre que el poder tiende a corromper. Lo que yo vi ese día fue la rara excepción. El poder no corrompió a ese hombre. Permaneció fiel a sí mismo y fiel a sus principios.

Qué inusual: siendo una figura pública con su posición, él nunca dejó de ser una buena persona, incluso grandiosa.

Que su preciosa alma pueda ahora descansar en el cuidado amoroso de Dios.

Nota del traductor

El 13 de febrero falleció Antonin Scalia, Juez de la Corte Suprema de los Estados Unidos por 30 años, a días de cumplir 80 años de edad. Ya una leyenda, es sin lugar a dudas una de las figuras descollantes del tribunal en los últimos cien años, y posiblemente el más célebre exponente de los magistrados conservadores.

Hijo de inmigrantes italianos, Scalia hizo realidad el sueño americano. Siempre chispeante, agudo y polémico, sus frases y razonamientos —regados de ironía y de humor travieso— fueron marca registrada tanto escribiendo sentencias, como en entrevistas o conferencias. Esto lo convirtió en foco de la mirada tanto de la prensa como de los académicos, y en un rock star de las audiencias universitarias, que asistían a escucharlo llevadas en partes iguales por la adhesión o el disenso.

En la Corte tuvo su mayor contradictora en la Jueza Ruth Bader Ginsburg, la campeona liberal, al punto de que las opiniones de ambos, situadas en las antípodas, generó la ópera de parodia jurídica Scalia/Ginsburg estrenada en 2015. Con ella, sin embargo, mostró la unidad en la diversidad, forjando una amistad de décadas, patente desde la célebre foto compartiendo elefante en la India, al festejo común de ambas familias cada Año Nuevo y a la periódica asistencia juntos a las salas líricas de Washington.

A partir de su deceso la Corte estadounidense pierde su equilibrio de 5-4 o 4-5 en los temas controvertidos. En un año electoral vibrante, surgen así enormes interrogantes sobre la nominación al tribunal que realice el presidente Barack Obama, ya casi al final de su mandato, así como en un eventual rechazo del Senado a su posible sucesor.

Sus sentencias, siempre llamativas, a veces convocaban a coincidir con admiración, y otras dejaban al lector atónito ante la lectura de lo insostenible. Buena parte de su pensamiento giró en derredor de su controvertida teoría de la interpretación constitucional “originalista”, que ha animado el debate político y jurídico de las últimas décadas.

Y Scalia fue también un hombre de fe profunda. Así lo manifestó el Washington Post en el primer párrafo de la crónica sobre sus exequias en el templo más grande de Estados Unidos, seguidas por millones a través de la televisión: “Si la semana desde la muerte del Juez Antonin Scalia se focalizó en su vida como un hombre de Derecho, su funeral del sábado refleja a Scalia como un hombre de fe”.

Con Scalia se podía concordar o disentir, como se dijo, pero no se le podía negar su sincera convicción católica, fielmente unido a su mujer por cincuenta y cinco años, padre de nueve hijos, y que trató de vivir las responsabilidades personales y cívicas de los cristianos laicos, tras las recomendaciones del Concilio Vaticano II:

“A los laicos corresponde, por propia vocación, tratar de obtener el reino de Dios gestionando los asuntos temporales y ordenándolos según Dios. Viven en el siglo, es decir, en todos y cada uno de los deberes y ocupaciones del mundo, y en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social, con las que su existencia está como entretejida. Allí están llamados por Dios, para que, desempeñando su propia profesión guiados por el espíritu evangélico, contribuyan a la santificación del mundo como desde dentro, a modo de fermento. Y así hagan manifiesto a Cristo ante los demás, primordialmente mediante el testimonio de su vida, por la irradiación de la fe, la esperanza y la caridad. Por tanto, de manera singular, a ellos corresponde iluminar y ordenar las realidades temporales a las que están estrechamente vinculados, de tal modo que sin cesar se realicen y progresen conforme a Cristo y sean para la gloria del Creador y del Redentor” (Lumen Gentium, 31).

Así, detrás del hombre público, estaba el hombre sensible y compasivo. Esto se refleja en este artículo, que desgrana una pequeña historia de benevolencia de un hombre que luchaba por unir trabajo, oración y preocupación por los otros. El relato puede ser apropiado para reflexionar, creyentes y no creyentes, en este “Año Jubilar de la Misericordia” convocado por el Papa Francisco, sobre poner el corazón en las necesidades ajenas, y a su vez sobre recibir agradecidos la bondad que los demás derraman en las dificultades propias.

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