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Por Francisco López Rivarola, graduado de la vigésima promoción de Licenciados en Comunicación Social.

RivarolaWCuando entré a la Universidad Austral no le tenía mucha fe. Había hecho un año de derecho en la UBA -de imponentes y enormes columnas- y en la UCA, de infinitas aulas y auditorios elegantes. En contraste, la Austral parecía una fábrica abandonada, con sus pasillos angostos, su ascensor de carga antiguo, sus callejones sin salida y puertas que llevaban a ninguna parte. El primer año me la pasé explorando la facultad y haciendo amigos en el proceso. Encontrábamos puertas ocultas, bajábamos al sótano de las calderas, nos perdíamos por los pasillos detrás del salón de actos en los que la gente de mantenimiento se tiraban a dormir a veces. La Austral parecía un abuelo con un pasado olvidado a sus espaldas esperando paciente a que alguien le preguntara por sus historias.

Ese primer año fue una mezcla indistinguible entre los días que pasaba investigando las entrañas de ese gigante y lo que significaba la comunicación. Ese primer año tiene el sabor de estas cosas juntas, ahora inseparables, por lo que cada vez que pienso en comunicación me acuerdo, y me acordaré por siempre, de la yuxtaposición de túneles y pasillos, de los techos altos y paredes sólidas, de las cajas de fusibles y recovecos secretos que eran ese edificio.

En algún momento me enteré que efectivamente ese lugar había sido una fábrica abandonada. De entre todas las cosas, una fábrica de papel. La poesía que guía la vida de todos me daba una señal de que estaba en el lugar correcto. Una fábrica de papel caída en desuso, empapelada con máquinas de escribir, luego computadoras, luego estudios de radio y filmación; ahora, un enjambre de mentes estudiando ese mismo proceso con un canibalismo feroz. La historia de ese lugar era lo que aprendíamos en todas las materias: “el medio cambia pero el mensaje sobrevive, las herramientas van y vienen pero la comunicación siempre va a estar”.

Nosotros estábamos distraídos para notar esta metáfora gigante y hermosa sobre la que cursábamos. Comunicación Social es una carrera particular, porque en el fondo nadie quiere estudiarla. Salvo contadas excepciones, todos los que estábamos ahí teníamos otros intereses, queríamos hacer algo distinto. Yo había querido ser poeta, estudié y fracasé en abogacía y me metí acá como último recurso. Pacilio quería ser actor, o quizás estrella de cine. Paz había dejado Política pero todavía se notaba que su mente estaba en ese mundo. Mechi Hernández Mincheff se pasaba las clases dibujando vestidos y maniquíes porque quería ser diseñadora, en verdad. Parecida a Bianqui, que soñaba con trabajar detrás de las pasarelas. Pedro Kasparas sabía que su destino estaba en la televisión, con la radio como amor pasajero. Julieta militaba para el Partido Obrero; esto no tiene NADA que ver con lo que estoy diciendo pero tenía que mencionarlo en algún momento. Cloé claramente iba a dedicarse a ser una resumidora oficial para la ONU o alguna organización que necesitara de sus talentos. La lista de sueños distintos sigue: Alina fantaseaba con escribir películas, Luli Villanueva con vivir del teatro, y todos sabíamos que Santi Cano iba derecho para Broadway.

Muchos compañeros dejaron la carrera, con la creencia de que nunca podrían conjugar su sueño con materias como Historia universal, Periodismo 8 o la rigurosidad de Baldani en remarcar la distinción entre las columnas Dóricas y las Corintias de los edificios romanos. Los que nos quedamos tuvimos fe en que en algún momento todo este rejunte de conocimientos tendría sentido, que había un rompecabezas del que nos faltaban muchas piezas como para entender. Poco a poco esta imagen fue tomando sentido: año tras año con trabajos prácticos, gacetillas de prensa, publicidades, encuadres de fotos, ensayos de noticieros, exámenes de Economía, módulos sobre dictaduras, el horizonte de preconcepción, programas de radio; el rompecabezas fue tomando sentido. Tenía forma de brújula. Era una imagen dinámica, cambiante, la aguja no dejaba de moverse, mostrándole a cada uno cómo la comunicación se conjugaba con su sueño. Creo que todos aprendimos esto a nuestra manera.

Es cierto que vimos de todo. Y es cierto que nadie estudió la carrera de sus sueños. Pacilio no estudió teatro, Alina no estudió cine y yo no estudié literatura. Sucumbimos a estudiar, como muchos de nuestros familiares o amigos nos habían advertido, el vasto océano de dos centímetros de profundidad, tocando un poco de todo, y desde afuera, pareciendo que no nos comprometíamos con nada. Una vez Barcia nos contó la metáfora del buzo y la lancha. Los buzos son aquellos que estudian una cosa en profundidad, durante mucho tiempo, volviéndose expertos en ello y extrayendo lo valioso del tema. En la superficie, hay gente que anda en lancha, avanzando muy rápido por el mar pero apenas rozando la superficie, apenas entendiendo lo que pasan por encima. Si mal no recuerdo, él planteó la alegoría para hablar de un mundo superficial dominado por internet y las redes sociales, en el que las grandes mentes han muerto y la gente se aburre con facilidad y cambia de tema rápido.

Con el permiso tácito del profesor Barcia, quisiera reformular esta metáfora y decir que los comunicadores somos la gente que anda en la lancha y los buzos son los que estudiaron todas las demás carreras. Los comunicadores volamos entre un buzo y el otro a toda velocidad y sumergimos nuestra cabeza dos centímetros bajo el agua y volvemos a asomarnos levantando banderines de colores y gritando “¡Acá hay oro!” o “¡Acá hay muerte!. “Acá hay vida” y “Acá está el futuro”. Somos los heraldos de los que buscan en las profundidades y anunciamos lo que encuentran, para que otros buzos sepan dónde buscar y la gente en la orilla entienda el mundo que se viene. Nunca bautizaremos un arrecife con nuestro nombre ni tendremos el honor de encontrar un barco hundido. No hay premios Nobel para los comunicadores. Nadie recuerda al que levanta el banderín y vuela de un lugar a otro conectando estos dos mundos. Somos casi invisibles para la gente que está en la orilla, y mientras menos visibles seamos, mejor es el trabajo que hacemos. Más nos volvemos un lente transparente y mejor contamos de esta gente y de sus hazañas. Los comunicadores dejamos de ser para que otros existan y brillen. Creo que este es un sacrificio noble y creo que, sin saberlo, todos nosotros terminamos en la profesión correcta.

Les pido que nunca olviden de dónde venimos, para tener claro a dónde vamos. Nunca olviden los sueños con los que entraron a esta carrera y la forma en que estos cambiaron mientras armaban su propio rompecabezas. Recordemos siempre aquel edificio que supo ser una fábrica de papel y nuestra casa de estudios. Que les sirva como el mejor recordatorio: las tecnologías van y vienen, los tiempos cambian constantemente y el papel muere, así como lo harán las computadoras y los celulares, pero siempre va a hacer falta gente como nosotros, comunicadores que se vuelvan invisibles para que el mundo entero se vuelva un poco más claro.

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La Universidad Austral está entre las principales universidades del mundo con menos de 50 años y entre las más prestigiosas de América Latina, según QS World University Rankings.