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Inclusión socialDesde hace décadas, nuestro país tiene una llaga profunda y dolorosa que se llama miseria. Los extranjeros que nos visitan la ven enseguida, nosotros ya no la vemos. En el resto de los países de América latina pasa lo mismo. Como dijo el economista brasileño Edmar Bacha, nuestros países son “Belgindia”, una realidad que mezcla en el mismo territorio a Bélgica con la India. Pero esa miseria, de tanto estar ahí, ya forma parte del paisaje. Millones de personas afuera de los mínimos de consumo no conmueven a nadie.

Los pobres son también personas privadas de derechos. Ya dijo el gran Amartya Sen: la pobreza es también privación de la libertad.

¿Qué es lo que hace que en una sociedad un sector esté privado de derechos? ¿No es una comunidad una casa común?

Los derechos dependen de la conexión emocional que la sociedad tiene con respecto a ellos, dice la investigadora Lynn Hunt, en su libro La Invención de los Derechos Humanos. Nadie toleraría hoy la esclavitud. El respeto al derecho a no ser esclavizado forma parte de nuestra conciencia. Los únicos derechos que efectivamente se consolidan son aquellos cuya violación indigna a un amplio sector social.

Por eso, la miseria es, en primer lugar, culpa de nosotros. La pobreza no nos indigna lo suficiente y así, los pobres siguen privados de derechos. Si realmente fuese indignante para nosotros la pobreza, el ¡basta ya! hubiese sido un mandato decisivo. El día en que dejamos de indignarnos por la opulenta miseria, esta casa dejó de ser nuestra común.

Hoy habría una indignación general si un grupo de personas caminara desnuda por la calle Florida, y seguramente varios patrulleros terminarían con el espectáculo. Pero todos los días decenas de niños y niñas revisan la basura en esa misma calle, y no pasa nada. En los basurales del Gran Buenos Aires hasta han desaparecido chicos hundidos mientras hurgaban en esas montañas de desperdicios.

Belgindia no es un país, sino un simulacro. No es una casa común, sino una casa partida.

Los partidos hablan pero no actúan en serio. Los tres principales candidatos a la presidencia seguramente votaron a la Ucedé en los ochenta, y su concepción de gobierno es desarrollista. Ésas son buenas noticias: van a generar buenas condiciones para la creación de trabajo privado y llevarán a cabo iniciativas transformadoras. Pero les falta la indignación social o, por lo menos, sólo la muestran en el discurso. No está la lucha contra la pobreza en el tope de su agenda. Los tres candidatos tienen técnicos brillantes que podrían construir planes impactantes de lucha contra la pobreza si sus líderes pusieran los principales focos políticos en eso. Pero su dedicación es marginal.

El peronismo nació indignado con la pobreza, pero no sólo hace rato que ya no se indigna más, sino que es una de las principales fuerzas del statu quo territorial que cristaliza las villas miserias. El peronismo gobierna el conurbano desde hace más de treinta años y no hay forma de encontrar cambio social en esos kilómetros cuadrados. No hay villa que no haya crecido y que no esté en una situación de mayor degradación de calidad de vida. Si revisamos las provincias donde el peronismo gobierna desde 1983, la conclusión sería la misma. Tenemos una clase dirigente de millonarios que logra legitimarse con un discurso a favor de los pobres. Tomar a la actual asignación universal por hijo, después de doscientos años de construcción democrática, como un hito en esta lucha, me parece un gran indicador de las pocas expectativas que tiene toda la clase dirigente -en su sentido más amplio-respecto de la reducción drástica de la pobreza.

Los últimos peronistas indignados con la pobreza fueron los montoneros, pero canalizaron tan mal su ¡basta ya! que crearon una organización criminal. Querían construir una dictadura socialista y además se cebaron con las armas, dos cosas que generalmente han ido de la mano. Otra hubiese sido la historia si los montoneros hubiesen aprovechado su indignación con la pobreza como motor de un cambio democrático. Es uno de los hechos más tristes de la historia reciente de América latina cómo generaciones de jóvenes, indignadas por el sufrimiento ajeno, se equivocaron tanto cometiendo errores y horrores. Idealizar hoy esos errores y horrores me hace temer que algunos quieran repetirlos.

Durante todo el siglo veinte perdimos el tiempo en la lucha contra la pobreza. Primero se quiso construir sociedades al estilo soviético, después a lo Mao y finalmente a lo Castro. Ahora el cuarto callejón sin salida es el socialismo inaugurado por Hugo Chávez.

El resto de los partidos se ocupa poco de los pobres. Me parece que la política democrática tiene cierto cansancio con respecto al tema, y también en el mundo académico se ha reducido la inquietud intelectual. Cada sector que naturaliza este problema, que lo considera imposible de resolver, le pone un cerrojo más a la privación de derechos de un sector social inmenso en esta fallida casa común que es la Argentina.

Los pobres no van a salir solos. La pobreza es un pozo del que se sale con ayuda externa.

Yo no tengo las soluciones, pero sí el marco en el que hay que tomarlas: creer en la empresa privada, en un marco de reglas claras, donde se pueda crear riqueza. Creer en el principio de subsidiariedad, donde el Estado se abstiene de intervenir cuando la sociedad puede satisfacer los bienes públicos. Creer en el Estado, cuando profesionaliza a sus funcionarios y define políticas públicas activas. Creer en la economía de mercado, pero no en una sociedad de mercado. Creer en la lucha contra la corrupción. Creer en la educación y en la salud como motor del cambio social. Pero sobre todo creer en la voluntad de los hombres y mujeres indignados decididos a terminar con la privación de derechos de sus semejantes.

La pobreza funciona como caldo de ideologías antidemocráticas y, si los políticos democráticos siguen tibios en hacer algo contra ella, en algún momento tendrán que asumir culpas por tumultuosos futuros posibles. No hay nada más importante en la agenda política argentina.

El papa Francisco lo ha dicho con una claridad estruendosa y se refirió a “los descartados”, los argentinos lo saben, y miles de jóvenes construyen techos, militan en partidos y movimientos sociales, misionan en tugurios u ofrecen apoyo escolar para niños y niñas que seguirán rodeados de esas privaciones y de narcos.

La única verdad es que no hay un plan y no se sabe qué es lo que hay que hacer. De tanto creer que no tiene solución, hemos dejado de pensar una.

Pronto y pronto, como decían los porteños del siglo diecinueve, habrá que actuar. Si realmente la Argentina es una casa común, hay que demostrarlo.

Fuente: La Nación, Martes 21 de julio de 2015.

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