yo opinoViolencia de género, pobreza, desempleo, dictadura: temas que muestran cambios y permanencias en nuestros modos de hablar juntos.

¿Qué tienen en común Gustavo Cordera, la UCA, el Indec y una entrevista con el presidente Mauricio Macri? Que todos recientemente han sido protagonistas o escenarios de batallas discursivas sobre fenómenos controvertidos, problemáticos o tabú en la Argentina, amplificadas y comentadas en un continuo que va de las redes sociales a los panelistas de televisión, de los diarios a las conferencias de prensa.

Así como el exabrupto misógino y violento de Cordera mostró un límite contundente a esas expresiones, puesto a fuerza de movilización social, las recientes conversaciones sobre la pobreza y la desocupación giraron otra vez alrededor del termómetro y del culpable, y no del modo de resolver el problema. Y las referencias presidenciales al aborto, a los desaparecidos y la última dictadura dejaron en claro que después de doce años de clausurar algunas conversaciones, abrirlas en otro sentido requiere más que unas pocas palabras.

En todos los casos se repiten dos evidencias: por un lado, la presencia de las redes sociales como iniciadoras o amplificadoras de las conversaciones públicas, en un coro inagotable de voces, imágenes e intercambios que presumimos privados pero son cada vez más públicos, y que -a pesar de la dedicación del Gobierno por utilizarlos como “comunicación directa” y controlada- también pueden volverse inmanejables. Por otro lado, la pobre calidad de la discusión en la Argentina, siempre en un estado de “opinión desbordada” y descalificación rápida, con una problemática relación con los hechos y una tendencia al ajuste de cuentas discursivo con el que se presume siempre del otro lado.

¿Quién establece los límites de lo que se puede decir hoy en la Argentina? ¿Qué responsabilidades tiene el discurso político en orientar el modo en que “hablamos” colectivamente?

Como en una foto inequívoca de la época, el episodio Cordera mostró la transición que atravesamos entre un espacio público distinguible del privado y una época que los superpone y los mezcla, con lo bueno y lo inquietante de ese cambio. “Antes el espacio público coincidía con el espacio mediático, que era el de los medios tradicionales, al que tenían que acceder los distintos actores sociales. Hoy ese espacio mediático se amplió y se volvió continuo (hay cosas que se inician en las redes sociales y son tomadas por los medios, y al revés). Además, nadie está afuera de este nuevo espacio híbrido. Todos tenemos el dispositivo para capturar imágenes y palabras y ponerlas en circulación, todos podemos ser víctimas o mediadores de cosas que se dicen”, señala Damián Fernández Pedemonte, director de la Escuela de Posgrados en Comunicación de la Universidad Austral.

¿Una clase es un lugar público? ¿Lo es una reunión de amigos? ¿Una reunión de padres en la escuela? Sí a las tres preguntas. “Este nuevo sistema produce un corrimiento de lo que es público y privado. Lo que antes era institucional, como una clase en la universidad, ahora es esfera pública, y lo que era privado puede ser institucional (si un político habla de política en una reunión). En un mundo basado en la celebridad, lo público se define por el grado de popularidad de quien habla, no tanto por lo que dice. En una persona pública, todo es público. El lado positivo es que es más fácil denunciar abusos y tenemos más acceso al respaldo de una denuncia. Pero se ha reducido el ámbito que uno gestiona en confianza y relajado”, dice Fernández Pedemonte.

Todos somos hackers

Armados con nuestros celulares inteligentes, conectados a nuestras redes, todos somos, en alguna medida, hackers de la realidad. Y ese “vasto rumor” de conversaciones de café, prensa y televisión, “opinadores” profesionales, pensadores y científicos, eslóganes, doctrinas políticas y voces marginales, como describe el filósofo canadiense Marc Angenot en El discurso social (Siglo XXI), está atravesado por la lógica de las redes.

“Las redes sociales ya se instalaron como quinto poder y se corrieron los límites entre los medios tradicionales y la política, el on y el off, y hasta los límites de lo que significa ser un ciudadano -apunta Alejandro Artopoulos, profesor de la Universidad de San Andrés-. Vivimos en la ilusión de que controlamos las redes sociales, pero el 99% de los usuarios no tiene claro cuándo pone una opinión en un lugar privado y cuándo, en un lugar público. El uso de las redes se simplifica para facilitar su consumo, pero ha complejizado la realidad.”

Con las fronteras desdibujadas, hay una paradoja adicional: “Las redes son espacios híbridos: públicos, pero regidos por regulaciones impuestas por las compañías privadas, que son dueñas de esos espacios y que determinan desde lo que se puede decir y lo que no hasta los algoritmos que definen lo que cada uno ve en su pantalla”, dice Silvio Waisbord, profesor de Media and Public Affairs en la George Washington University.

Y a pesar de que los expertos señalan evidencias de que los grandes hacedores de noticias, como los medios tradicionales en sus distintas plataformas, siguen teniendo peso en definir de qué hablamos, el “cómo” lo hacemos tiene otros matices. “Somos un país que lidera las estadísticas de uso de Facebook, Instagram y Snapchat, pero a la vez destruimos las estadísticas públicas y marginamos a los que hablan sobre la base de datos. El primer empírico en la Argentina es el ?panelista’ de TV”, dice Artopoulos, para quien vivimos en una época de “opinión desbordada”. Lo explica: “La democracia argentina pasó por tres momentos pendulares. Dos en los que la TV fue central: el entusiasmo por la participación en el renacer democrático y la desilusión con apatía de los años 90. Y un tercer momento, durante el segundo gobierno de Cristina Kirchner, en que los medios tradicionales se apalancaron con los digitales y los blogs, en una idea de democracia radical. Es la sociedad del relato, de consignas y frases hechas, que necesita de la pura emoción, del impacto”. Quizá por eso las discusiones en esos años se demoraron más en la existencia de los fenómenos -hay pobreza/no hay pobreza; hay inflación/no hay inflación- que en pensar qué hacer frente a ellos.

Para otros, nuestro desapego por las evidencias es de larga data. “En la Argentina la opinión precede a los datos, algo que el kirchnerismo agigantó pero que viene de mucho antes -dice Waisbord-. Cuando no hay datos, todos dan opinión porque nadie puede rebatir a nadie. Además, no se pueden proponer, implementar ni evaluar políticas públicas sin datos. La opinión es fácil, es atractiva, tiene un costado de empoderamiento de las personas, pero es preocupante cuando las decisiones de política pública se basan en opiniones.”

La práctica del “panelismo” de TV, etiquetado como “polémica” aunque no sea más que intercambio subido de tono, es quizá la puesta en escena más clara de lo que muchos señalan como una calidad pobre de nuestro debate público. “No se busca debatir sino herir la legitimidad del que propone algo, más allá de lo que proponga, para legitimar una postura previa sobre esa persona. Estamos pagando un precio muy caro por la polarización que propuso el relato kirchnerista y nos encontramos en un esquema de ajuste de cuentas dialéctico permanente. Los líderes políticos y de opinión tienen una gran responsabilidad en conducir la salida de este estado de cosas”, afirma Orlando D’Adamo, especialista en comunicación política.

Igual responsabilidad tienen los dirigentes cuando corren las fronteras de lo discutible. “Es legítimo que el discurso político mueva los límites de lo pensable en disputa por instalar sentidos comunes. Pero esa instalación de discursos y visiones debería ir acompañada de argumentaciones públicas, no de eslóganes como los que propone el marketing político. La opinión cierra temas, no abre interrogantes”, afirma Sol Montero, investigadora del Conicet y profesora en UBA y Unsam, especialista en discurso político. “Hoy las redes van más rápido que los políticos, subvierten lo políticamente correcto, visibilizan cosas no dichas. Muchas veces los políticos van atrás de la sociedad”. #NiUnaMenos y los anticuerpos que parece haber creado en la sociedad podrían ser un ejemplo.

Dar vuelta la página

¿Es posible un diálogo público de argumentos en la Argentina? ¿Dónde se ubica hoy un debate racional, lejos de trols, bots, fakes y exabruptos individuales? En todo caso, ¿es más posible ahora que hace ocho meses? “Si bien la polarización nunca fue social, sino fruto del activismo de opinión en el espacio público, creo que esa polarización del debate hoy es condenada socialmente. El que sigue en esa mecánica previa, en cualquiera de los dos polos, hoy es repudiado. En ese sentido, la discusión ha tendido a mejorar, aunque quizá sea más por hastío que por compromiso con el diálogo”, afirma Gerardo Aboy Carlés, profesor del Idaes-Unsam e investigador del Conicet.

Sin embargo, la insistencia política con refundar y dar vuelta la página con cada nueva gestión puede introducir otras tensiones. “Como proceso cultural, los años 80 son importantes porque todos los gobiernos posteriores fueron juzgados por ese parámetro de lo que se pensó como una sociedad democrática. Con su debate polarizado, el kirchnerismo tensó algunos aspectos de ese consenso. Por ejemplo, hubo poco espacio para hacerse preguntas sobre lo que había sido la violencia política de los años 70, se asumió un relato épico de la juventud comprometida que fue bastante distinto del silencio sobre ese tema de los años 80, cuando era necesario establecer un discurso sobre los derechos humanos que ninguna sombra podía horadar. Ése es un debate que hoy está más habilitado, pero al mismo tiempo se corre el riesgo de volver a tensionar ese consenso de los años 80 con decisiones como que el Estado no apele la prisión domiciliaria de los represores”, dice.

No parece haber términos medios. “El kirchnerismo decía grandes verdades todo el tiempo; era un relato completo, cerrado, sin lugar a dudas. El macrismo es la ignorancia total, la elusión de respuestas -dice Montero-. Falta un discurso en el que se pongan sobre el tapete los problemas y se reconozca que son espacio de disputas.”

“Más allá de las preferencias políticas, el relato K era muy sólido, muy eficiente, y eso en comunicación política significa mucho. Se trata de esa historia en la que a través de valores compartidos, sazonados con mística y sus componentes emocionales asociados, se construye una visión del futuro ideal y hasta utópica. Comparado con esto, en el espejo de hoy no se ve una construcción comunicacional que, teniendo que ser necesariamente distinta, responda a una estructura semejante y sea a la vez simple de transmitir. No sabemos si es una decisión de que no haya relato y el ?nuevo relato’ es un ?no relato’, o si es una debilidad no deseada”, describe D’Adamo.

Para Aboy Carlés, hay componentes políticos que abonan este relato débil, en todo caso. “El discurso macrista es más variado y menos vertical, sin un enunciador privilegiado. En parte porque el gobierno está formado por varios partidos y hay muchos más espacios para que haya desacuerdos y eso se vea. Pero esa fluidez puede ser una debilidad.”

La sociedad argentina tiene pruebas de que puede instalar los temas que le preocupan y empujar a los políticos a reaccionar. Pero hay que estar atentos. “Hay un cambio en la tolerancia social de ciertos discursos. Pero hay que diferenciar la preocupación que algunos actores pueden tener antes de decir algo, por temor a las consecuencias, y la convicción con que no digan ciertas cosas. Lo positivo no es que algunas personas se autocensuren, sino la posibilidad de reflexión colectiva -dice Natalia Gherardi, directora ejecutiva del Equipo Latinoamericano de Justicia y Género (ELA)-. Algo que aún tenemos que aprender es que el discurso violento se combate con más discurso, no restringiendo la posibilidad de la palabra. Si eso representa el pensamiento de parte de la sociedad, se contrarresta con más y mejores argumentos”, dice.

La corrección política también es un mal de esta época. Y, como los historiadores saben, lo que no se dice puede ser tanto o más importante que lo que sí.

Fuente: La Nación