Por Cristina Freuler

Profesora de Enfermedades Infecciosas en la Facultad de Ciencias Biomédicas.

“En voz baja se dice por toda Europa que los ingleses son locos y fanáticos; locos porque inoculan a sus hijos la viruela para evitar que contraigan esta enfermedad; fanáticos porque, para prevenir un mal incierto, provocan, tranquilamente, una enfermedad segura y terrible. Los ingleses, por su parte, dicen: Los otros europeos son cobardes y desnaturalizados; cobardes, porque temen hacer sufrir un poco a sus hijos; desnaturalizados, porque los exponen a que mueran un día de viruela”.

Cartas filosóficas, Voltaire, año 1727 aprox.

Edward Jenner desarrolla la primera vacuna en 1796 contra la viruela y, gracias a ella, esta enfermedad de altísima mortalidad se encuentra actualmente erradicada del mundo.

Ante estas evidencias, la primera de puro sentido común y la otra científica, ¿podemos seguir oponiéndonos a las vacunas? Sabemos que en Venezuela hay casos, y muertos, por difteria. Es cierto que la pobreza, malnutrición, etc., tienen que ver, pero en Italia también falleció un niño de esta enfermedad ya casi olvidada.

Y ahora el sarampión. Estamos viviendo un rebrote del mismo en varios países, y no solo “subdesarrollados”. Pareciera que tantos años con muy escaso número de enfermos nos llevó a olvidar la gravedad de este mal. En la época previa a la vacuna, que se aprueba en 1963, morían dos millones y medio de personas por año de sarampión, en 2016 murieron cerca de 90 mil y esto sin contar a quienes quedan con lesiones crónicas o secuelas. Son cifras demasiado altas para una enfermedad que podría ser erradicada tal como lo fue la viruela.

Las complicaciones y las muertes son más frecuentes en menores de 5 años y mayores de 30 años y se deben a encefalitis (compromiso del tejido cerebral), neumonía y/o deshidratación. Las secuelas más graves son la ceguera, la discapacidad intelectual y la panencefalitis esclerosante subaguda, entidad que se presenta años después de “curado” el sarampión y lleva a una destrucción progresiva del cerebro.

El sarampión es una de las enfermedades más contagiosas, incluso mucho más que el Ebola que tanto revuelo causó hace unos años. Está causada por un virus (de la familia paramixoviridae) que se transmite por aire o por contacto directo, es decir, manos y elementos contaminados. El virus ingresa por el tracto respiratorio y se extiende al resto del organismo.

El primer signo suele ser fiebre alta, unos 10 a 12 días después del contagio. Se agrega rinorrea (mocos por la nariz), conjuntivitis y una erupción, primero fugaz dentro de la boca y que involucra luego el rostro, la parte superior del cuello y se extiende por todo el cuerpo hasta manos y pies. No existe ningún tratamiento antiviral específico. La ciencia todavía no puede ayudar a quien se enfermó, pero sí tenemos la vacuna.

Hace ya unos años, atendí a un adolescente de 16 años con una meningoencefalitis por virus de la rubéola. Sorprendida al recibir el informe de laboratorio pregunto a su madre si no estaba vacunado. Su respuesta me dejó petrificada: “Yo no sometí a mis hijos a eso”. Sin embargo, aceptaba someterlo a lo que le estaba pasando.

¿Qué pasa que hay gente que se opone a vacunarse? Es cierto que hay mucho de moda, pero prefiero creer que quien toma una decisión de esta envergadura analiza todas las herramientas a su alcance. Deseo aportar algunos datos y sentido común a la discusión.

¿Cuáles son los principales motivos que se esgrimen para no vacunar? Aquí van. Quizás me olvide más de uno:

Hay gente que cree que tener sarampión es mejor y tiene menos riesgos que vacunarse. Falso. La mortalidad por sarampión es de uno a tres casos cada cien enfermos mientras que los riesgos de la vacuna son: problemas moderados y pasajeros, como dolores articulares, disminución de plaquetas, convulsiones febriles (uno cada tres mil / 30 mil casos). Entre los problemas severos: alergia grave (menos de uno cada millón de dosis), sordera o daño cerebral –son tan poco frecuentes que no se pudo determinar, ni descartar, si realmente fueron provocados por la vacuna–. Por último, el autismo que, no solo fue descartado que lo produjera la vacuna, sino que además se demostró que se debe a una alteración genética que trae el niño desde el nacimiento.

Hay gente que defiende la medicina “natural”.

Falso. ¿Los virus no son parte de la naturaleza?

Hay gente que se opone por preferir la homeopatía.

Falso. Como respecto a la homeopatía practicada por profesionales capacitados transcribo su definición: “disciplina que se fundamenta en la aplicación de pequeñas cantidades de sustancias que, si se aplicaran en grandes proporciones a un individuo sano, producirían los mismos síntomas que se pretende combatir”. Un concepto muy parecido al de las vacunas. Tanto la Sociedad de Homeopatía de Estados Unidos como nuestra Asamblea Nacional de Homeopatía (ANH) han destacado que homeopatía y vacunas no son incompatibles.

Hay gente que teme por los “conservantes” como por ejemplo el timerosal, (derivado del aluminio).

Falso. Los problemas sobre la seguridad del timerosal se plantearon a finales de los 90 basándose en que la cantidad de mercurio que se acumularía por la aplicación de todas las vacunas incluidas en los calendarios infantiles podría ser superior al límite recomendado para el metilmercurio. Sin embargo, el tiomersal contiene etilmercurio, que se descompone mucho más rápidamente que el metilmercurio y no se acumula en el organismo. La OMS y varios grupos de expertos independientes luego de más de 10 años de estudios coinciden en que no hay pruebas de que la cantidad de tiomersal utilizada en las vacunas suponga un riesgo para la salud.

Hay gente que considera que si tiene a sus hijos sanos y en casa no se contagiarán. Verdadero, pero… Este argumento es cierto siempre y cuando evitemos que tengan contacto con ningún otro niño o individuo que pueda padecer la enfermedad, al menos hasta los 3 años de vida, así evitamos la edad más peligrosa de la enfermedad. Pero, ¿es esto sano para el desarrollo social e individual de ese niño? Por otro lado, hay personas que tienen contraindicada la vacuna y se protegen indirectamente si su entorno la ha recibido. La vacunación tiene por lo tanto también un impacto en toda la sociedad que deberíamos tener en cuenta.

¿Qué podemos concluir? Sabemos que la ciencia es dinámica, que puede equivocarse e incluso confundirnos, pero de la que aprendemos todo el tiempo. A la luz de los conocimientos actuales queda claro que prevenir la enfermedad es mucho mejor que padecerlas.

Fuente: Perfil