Por Lic. Andrea Saporiti

Las relaciones humanas muchas veces tienen componentes que cuesta decodificar. Sin embargo, hay formas de vinculación que pueden llevar al desgaste y la destrucción de la persona. En la actualidad el tema de la violencia se ha instalado socialmente en todas sus formas. Hemos logrado que de este tema se hable, y en este sentido es todo un avance. Sin embargo, al referirnos a la violencia de género hay un punto que no podemos descuidar y que se encuentra circunscrito a la llamada violencia doméstica: aquella que ocurre puertas adentro, en un terreno muy íntimo como es la familia.

Es importante tener en cuenta que cuando nos referimos a la violencia dentro de una familia, hay muchas formas de violentar al otro. Muchas veces nos quedamos con las imágenes extremas y tremendas del golpe físico, que deja una clara huella en el cuerpo. Pero pocas veces consideramos otros tipos de violencia que dejan marcas, aparentemente no visibles pero sostenidas en el tiempo. Estas marcas se instalan en el plano emocional y se manifiestan en el modo de vinculación afectiva. Es por este motivo que tienden a repetirse si no se hacen conscientes. Se trata de la violencia verbal y no verbal.

El maltrato psicológico es un tema del cual se habla mucho, pero pocas veces se profundiza en su manifestación. La pregunta que surge es: ¿Por qué cuesta tanto reconocerlo? Principalmente, porque la persona que agrede de esta manera no deja rastros visibles. La manipulación es progresiva y el arrepentimiento, aparentemente convincente.

Uno de los principales problemas es que comienza de una manera muy sutil, casi imperceptible. Falta de respeto, insinuaciones, mentiras son algunos de los componentes. A esto hay que agregarle que generalmente la víctima no lo percibe, es decir, no se da cuenta del nivel de manipulación. Es más, muchas veces se pregunta: “¿Qué hice mal?” y se siente responsable de las palabras de su agresor.

Esto sucede porque el vínculo de afecto es muy fuerte y produce una mezcla de fascinación, seducción y miedo. Tres componentes que, actuando en conjunto, ponen a la víctima en una situación de parálisis emocional. Este bloqueo va desbastando la autoestima personal, lleva al aislamiento y al temor a contar las situaciones vividas. Aquí es donde se va generando un círculo vicioso, a más manipulación, más poder sobre el otro y, por lo tanto, más violencia. El problema es que no quedan evidencias claras, pero sí registros internos donde lentamente el agresor se va apropiando de la vida del otro. Las escaladas comienzan a ser cada vez más altas, sumadas muchas veces a la fantasía de que todo cambiará y no habrá una próxima vez.

Es fundamental tener claro que este tipo de violencia tiene la característica de ser sostenida en el tiempo y que el agresor también se maneja de esta manera en otras relaciones laborales y familiares, no solo en la pareja.

Podemos decir que existe agresión psíquica cuando el comportamiento de un individuo atenta contra la dignidad de otro. El pedido de ayuda es clave para romper con este círculo que muchas veces se ve retroalimentado.

El problema es que quienes padecen estas situaciones están con-fundidos, es decir, fusionados con la situación, negando la violencia que están viviendo. El contexto y el entorno social de la actualidad no colaboran con la posibilidad de salir de este estado confusional.

La sociedad en muchos sentidos avala la violencia desde el momento en que no puede reconocer y diferenciar al otro como una persona íntegra que atraviesa, de fondo, los mismos miedos, alegrías, deseos, solo que vividos de manera diferente.

En este sentido, la responsabilidad social es de todos, y para esto es fundamental comenzar a trabajar a fondo con lo contrario a la violencia, es decir, el respeto. Este valor que se ha perdido y que justamente tiene que ver con la capacidad de reconocerse y reconocer al otro. Aquel que es capaz de verse a sí mismo y valorarse será capaz de valorar al otro por lo que es. Este es el antídoto. Dependerá de cada uno lo que haga para colaborar a que la violencia en todas sus formas pueda tomar otra dimensión.

Es tiempo de frenar, reflexionar y reconocer la dignidad personal. La autoestima es vital para poder valorar la propia vida basada fundamentalmente en el respeto.

La autora es psicóloga, profesora de la carrera de Psicología de la Facultad de Ciencias Biomédicas de la Universidad Austral. Magíster en Matrimonio y Familia por la Universidad de Navarra.

Fuente: Infobae