P. Emiliano Hong

En las primeras catacumbas cristianas pueden encontrare representaciones de un pez, imagen que no es una mera decoración artística, sino un recuerdo de la figura de Jesucristo. Con la palabra ICTUS (=pez) en griego los cristianos quisieron significar veladamente los iniciales de la denominación completa de Jesús de Nazareth: Jesucristo, Hijo de Dios, Salvador.

Sobre todo salvador, redentor, que con su Encarnación en un momento concreto de la historia, cambió el curso de la humanidad. El misterio pascual (la Pasión, la muerte y la Resurrección) ha sido el acontecimiento singular con el que la humanidad, antes en pecado, pudo contar con la gracia para ser elevada a la relación de amistad con Dios.

La separación tajante de Jesús de la historia y el Cristo de la fe que han sostenido algunos es un ataque al mismo centro del mensaje del cristianismo.

El rechazo de la historicidad de los hechos narrados en los evangelios implica, por una parte, oponerse a este mensaje de la salvación cristiana y, por otra parte, plegarse a una nueva propuesta de religiosidad.

En realidad, más que una religión de trascendencia se trata de una forma “romántica de religión, una especie de religión del espíritu y del yo, que hunde sus raíces en la crisis del sujeto, se encierra progresivamente en el narcisismo y rechaza todo elemento histórico-objetivo (Documento del Consejo Pontificio para la Cultura, El desafío de la no creencia).

El éxito de la novela y la película ‘El Código Da Vinci’ reside precisamente en este fenómeno social. Se trata de un rechazo a la raíz del cristianismo, es decir, a la intervención de Dios en la historia de la humanidad; para reemplazarla en una religiosidad humana, sin un carácter personal, de principios inmanentes (en este caso, el principio masculino y el femenino).

Si se destruye la objetividad histórica de la revelación bíblica, de sus personajes y los acontecimientos que en ella se narran, será muy fácil vender a este mundo un nuevo dios sin rostro, un mapa de la vida de tipo ‘biografía del hágalo-usted-mismo’, sin compromiso ni pertenencia confesional.

A diferencia a lo que parece insinuar Dan Brown, desde que en el siglo XIX se aplicaran los modernos métodos de la ciencia histórica a los textos evangélicos, la investigación histórica sobre Jesús está actualmente en un período positivo y coherente con la fe cristiana.

Los prejuicios racionalistas de los inicios de la investigación y los métodos hipercríticos que dominaron buena parte del siglo XX, han sido superados. También el escepticismo en el que se situó la investigación sobre Jesús a mediados del siglo XX quedó en el pasado.

Los testimonios de escritos apócrifos, posteriores con toda probabilidad a los evangelios canónicos, y otros textos cristianos y judíos del siglo II han servido para analizar las tradiciones a las que se remontan esos libros y contextuali-zar mejor las afirmaciones contenidas en los evangelios.

Las fuentes históricas y los testimonios de los primeros siglos son más que suficientes para corroborar el valor único de los evangelios canónicos, por tanto de los acontecimientos allí narrados.

El autor es Capellán General de la Universidad Austral. Doctor en Teología Bíblica. Este artículo fue publicado en el diario La Prensa el 19 de mayo de 2006.